LOS ESTUDIOS SOBRE LA FRONTERA ARGENTINO-CHILENA

COMO ESPACIO SOCIAL EN LA PATAGONIA:

primeros aportes para una historiografía renovada


The studies on the argentine-chilean frontier

as social space in Patagonia:

first contributions to a renewed historiography

SUSANA BANDIERI

Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (IPEHCS)

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Universidad Nacional del Comahue (UNCo)

Resumen

El objetivo de este trabajo es básicamente historiográfico. Pretende mostrar los primeros avances de investigaciones publicadas sobre el funcionamiento socioeconómico de la frontera argentino-chilena en la Patagonia, no entendida como límite sino como espacio social de interacción, con el objeto de aportar a un estado de la cuestión y a la construcción de una síntesis historiográfica al servicio de la complejización de las historias nacionales de ambos países. Consideramos que el principal aporte de estos estudios iniciales, realizados tempranamente para la Patagonia austral y más tardíamente para otros espacios de la región, fue desviar la mirada de los procesos históricos hacia las áreas fronterizas mostrando un mundo de relaciones de larga duración, dinámico y complejo, que produjo una ruptura de la tradicional visión historiográfica de un espacio cuyo único eje dinamizador se encontraría en las costas atlánticas, lugar desde donde habrían provenido de manera prácticamente exclusiva las corrientes de poblamiento e integración económica con el mercado nacional e internacional vigentes.

Palabras clave : Patagonia - frontera - relaciones socioeconómicas - renovación historiográfica

Summary
The purpose of this paper is basically historiographical. It aims to present the first  advancements of published research about the socio-economic dynamic of the Argentine-Chilean frontier in Patagonia, understood not as a border but as a social space of interaction. By doing so, the target is set in giving initial form to a state of the art and in aiming to a preliminary historiographical synthesis to look at both nation’s histories in greater depth. It is possible to think that the main contribution made by these firststudies, earlyforsouthern Patagonia and laterforotherareas of theregion, research was in deviating the view on the regional historical process onto frontier areas, depicting them as a world of long-term, complex, and dynamic relationships. This produced a breakthrough in the traditional historiographical view of Patagonia as a region whose only dynamizing axis would be in the Atlantic coasts, from which population currents and economic integration with both national and international markets would have had their almost exclusive origins.

Keywords: Patagonia - frontier - socio-economic relations - historiographic renewed

Recibido: 30/01/2018

Aceptado: 18/04/2018

LOS ESTUDIOS SOBRE LA FRONTERA ARGENTINO-CHILENA COMO ESPACIO SOCIAL EN LA PATAGONIA: primeros aportes para una historiografía renovada *

SUSANA BANDIERI * *

(IPEHCS-CONICET/UNCo)

Presentación general

Si observamos las producciones historiográficas que pretenden cubrir la denominada "historia nacional argentina", aún en aquellas versiones publicadas en los últimos años, y más acentuadamente si vemos los mapas que las acompañan - que no hacen otra cosa que reproducir aquellas imágenes que nos provee el sistema educativo para enseñar en las aulas-, rápidamente observamos el peso que todavía tiene una visión centralizada de la historia argentina, donde los procesos se recluyen dentro de los límites de la soberanía territorial del país. En decir, se sigue repitiendo, en muchos casos, una historia que no supera los límites del Estado-Nación, produciendo una evidente tensión entre las visiones generalizadoras y homogéneas de la denominada “historia nacional” y las situaciones heterogéneas y variadas de los espacios que la integran. Evidentemente, esto no es otra cosa que una derivación, y por cierto sorprendente supervivencia, de los estudios que en las décadas de 1980 y 90, retomaban, desde otra vertiente conceptual, los estudios que en épocas más pretéritas acentuaban el énfasis en el Estado nacional y en sus etapas de consolidación. Como bien se dice en una obra reciente, citando a Knight (1998), quedan vigentes todavía los "impulsos moribundos por generalizar", aunque cada vez más se coincide en la necesidad de incorporar otras miradas y elaborar nuevas síntesis sobre la base de incluir una importante y densa producción historiográfica construida desde las investigaciones locales y regionales que, lejos de marginar la perspectiva nacional, la incorporan y complejizan a partir de las pluralidades de los espacios y de las temporalidades (Bandieri y Fernández, 2017)

La Patagonia, obviamente, no fue ajena a tales interpretaciones desde sus producciones más clásicas, de carácter general, como la de Teodoro Caillet Bois (1944) o la de Armando Braun Menéndez (1959), entre otros, donde el territorio aparecía encerrado en los límites del Estado-Nación y las relaciones con Chile se explicaban exclusivamente por las hipótesis de conflicto, sin atender a los intensos lazos económicos, sociales y culturales que traspasaron la cordillera de los Andes en un proceso de muy larga duración. Las producciones pioneras, obviamente más tardías, que rescatan esos contactos, son las que se pretenden recuperar en esta presentación.

Otro tanto ocurrió con las historias provinciales, en gran parte incentivadas por la aparición de una colección muy importante de la Editorial Plus Ultra, que justamente apuntaba a ese propósito. Cabe citar, como ejemplos, la Historia de Tierra del Fuego de Arnoldo Canclini (1980), o la Historia de Chubut de Clemente Dumraut (1992). En estos casos, los límites políticos de las provincias patagónicas -antes Territorios Nacionales- aparecían también como límites de la construcción historiográfica regional.

Varios son los mitos de la historia patagónica que, a juicio de quien escribe, se corrigieron con las producciones de los últimos años. El primero de ellos tiene que ver con la existencia de una “frontera interna” que, cual límite físico, parecía separar al mundo indígena del hispano-criollo. Fueron muchísimas las producciones que revisaron exhaustivamente esta idea, mostrando que no solo el conflicto sino también, y particularmente, el intercambio de bienes y personas, eran características propias del espacio fronterizo, en tanto que la organización político-económica de las sociedades indígenas mostraba un alto grado de complejidad, especialmente en el siglo XIX, que transformaba radicalmente la idea generalizada de grupos nómades dedicados exclusivamente al saqueo, la caza y la recolección.

Un segundo mito se vincula con la idea de que el límite entre los Estados nacionales argentino y chileno constituido por la cordillera de los Andes, funcionó como tal para las sociedades involucradas a partir de la conquista por las armas de los espacios indígenas. Hoy sabemos que las relaciones de todo tipo entre las áreas andinas de la Patagonia argentina y el sur chileno perduraron con idénticas formas, con viejos y nuevos actores, vinculados ahora a las formas capitalistas de producción, hasta avanzado el siglo XX.

Una Patagonia poblada exclusivamente desde el Atlántico es otra de las creencias generalizadas que quienes hacemos historia regional hemos revisado. Si bien es cierto que los territorios con puertos sobre el Atlántico se incorporaron rápidamente a una economía ovina en expansión, no lo es menos que las zonas andinas siguieron manteniendo los intercambios económicos y sociales en las áreas fronterizas, proveyendo a los mercados del Pacífico sur de ganados, especialmente vacunos, para el consumo interno o para la fabricación de suelas, tasajo, velas y jabón, que Chile exportaba por sus puertos. Esto se acompañaba de importantes flujos migratorios de población de ese origen que traspasaban permanentemente la cordillera en busca de tierras o mejores posibilidades ocupacionales, en tanto que eran comunes las inversiones en tierras en el oriente cordillerano.

La imagen de un Estado nacional tempranamente exitoso en su penetración en los espacios ganados a las sociedades indígenas que suele mostrar la historiografía tradicional, debió también revisarse a la luz de las nuevas investigaciones. Sin duda así lo fue en lo que hace a las formas de penetración coactiva o represiva, por usar la conocida caracterización de Oszlak (1982), pero para nada es exacto en lo referente a los aspectos materiales e ideológicos, donde la ausencia del Estado resulta evidente hasta las décadas de 1930 y 40, cuando la preocupación por “argentinizar” la Patagonia se volvió preocupación esencial de los gobiernos nacionalistas que por entonces dominaban el escenario político nacional.

Estos avances historiográficos implicaron, por una parte, la necesidad de revisar las periodizaciones todavía vigentes en la historiografía nacional con respecto a considerar a los años 1880 como un hito fundamental en la conformación definitiva de un Estado nacional y, en consecuencia, de un mercado interno plenamente constituido, con lo cual se habrían cortado definitivamente los vínculos que distintas regiones del país mantenían con los espacios limítrofes (Ossona, 1992). Nada más lejos de la realidad para las áreas andinas, no solo de la Patagonia, sino del conjunto nacional, marginales al proceso de integración del país al modelo agroexportador dominante, con clara orientación atlántica.

Consideramos entonces que uno de los principales aportes de las investigaciones realizadas sobre la Patagonia, tempranamente para su sector más austral y más tardíamente para otras áreas de la región, fue desviar la mirada de los procesos históricos hacia las áreas fronterizas, mostrando un mundo de relaciones socioeconómicas de larga duración, dinámico y complejo, que produjo una ruptura de la tradicional visión historiográfica de una zona cuyo único eje dinamizador se encontraría en las costas atlánticas, lugar desde donde habrían provenido de manera prácticamente exclusiva las corrientes de poblamiento e integración económica con el mercado nacional e internacional vigentes. [1]

Las “fronteras” coloniales: Araucanía y Pampas, un mundo de contactos

Asociar el término "frontera" al concepto de "frontera militar" o "frontera administrativa" sería en la actualidad mantenerse al margen de los progresos en las ciencias sociales, tal y como tempranamente sostuvieron Sergio Villalobos y Jorge Pinto Rodríguez (1985:6). Esto, en principio válido con relación a los Estados nacionales ya constituidos de la segunda mitad del siglo XIX, que hicieron de las fronteras verdaderos límites de su poder soberano, [2] es igualmente aplicable en tiempos de la colonia, no solo con referencia a las divisiones administrativas del imperio español sino también, y preferentemente, en lo que hace a la separación entre el mundo blanco y el mundo indígena (Pinto Rodríguez, 1996a; Weber, 1998).

En efecto, ambas sociedades aparecen en la literatura del siglo XVIII y, por extensión en la del XIX, así como en los tratamientos historiográficos del período, como separadas por una línea o franja fronteriza sin referentes espaciales concretos. Es decir, no hay necesariamente elementos físicos ni geográficos que separen al indio del blanco, solo la percepción de mundos culturalmente enfrentados separados por una suerte de franja, genéricamente denominada “frontera” en el siglo XVIII y “frontera interna” en el XIX. Para las crónicas del período colonial, siempre escritas por europeos o criollos muy vinculados a las estructuras de dominación del viejo mundo, esta frontera generaba, además, estereotipos. Como bien señala Pinto Rodríguez (2001), se reconocían, de un lado, los asentamientos de criollos y españoles –sinónimos de “civilización”–, del otro, el “desierto” y la “barbarie”, el universo del “otro”: el indio “salvaje, vicioso e infiel”, a lo sumo con capacidad de ser “civilizado”. Los mismos estereotipos permitirían justificar, años más tarde, las significativamente llamadas campañas “al desierto” organizadas en el siglo XIX.

En la actualidad, tales visiones dicotómicas y maniqueas están –o al menos deberían estarlo– superadas (Bechis, 1992 y 2010; Boccara, 1996 y 2002; Pinto Rodríguez, 2001; Mandrini, 2006; entre muchos otros). Aunque el término frontera sigue siendo utilizado por aquellos que estudian el universo de relaciones construido entre ambas sociedades, ya no se lo considera como un límite que separa y divide dos mundos culturalmente irreconciliables sino como un espacio social extremadamente diverso y complejo.

En lo que respecta al norte patagónico, fueron los historiadores trasandinos los primeros en considerar que la intensa movilización comercial y las relaciones interétnicas eran características propias y distinguibles del espacio fronterizo entre la sociedad hispano-criolla y la indígena (Villalobos, 1982; Villalobos y Pinto Rodríguez, 1985). De esta manera expresaban, en la historiografía chilena de la década de 1980, la necesidad de replantear los estudios del fenómeno fronterizo trascendiendo los análisis tradicionales, exclusivamente centrados en las cuestiones bélicas, para avanzar en la comprensión de la sociedad, la economía y la cultura propias del área. Seguramente su condición de pioneros fue producto de haberse iniciado primero en Chile la consolidación de una situación fronteriza de intensos contactos entre ambas sociedades. No obstante este significativo aporte, estos primeros trabajos también se encerraban en los límites del propio Estado chileno y la "frontera" no era otra que la que separaba una y otra margen del Bío Bío, siendo casi nulas las versiones historiográficas que “cruzaban la cordillera” para considerar, simultáneamente, lo que ocurría en el oriente de los Andes, tema que recién comenzó a incorporarse avanzada la década de 1990 (Pinto Rodríguez, 1996b; Casanova Guarda, 1996; Norambuena Carrasco, 1996, entre otros). Hoy se sabe que la cordillera nunca fue un límite natural para el mundo indígena y que la paz y la guerra estaban siempre presentes en la “frontera”, no solo entre blancos e indios sino también entre las distintas parcialidades, muchas veces enfrentadas por el control de las rutas, los pasos cordilleranos y la intermediación comercial con el mundo hispano-criollo, tanto del Atlántico como del Pacífico (Villar, Jiménez y Ratto, 1998, Pinto Rodríguez, 1998).

Conviene sin embargo recordar que sobre mediados del siglo XVII recrudecieron las expediciones esclavistas por parte de los españoles de Chile, lo cual había dado lugar a que las sociedades indígenas respondieran con frecuentes ataques a las poblaciones fronterizas para apropiarse de caballos, armas y mujeres. Pero el agotamiento de los yacimientos mineros del sur, junto a la eficaz provisión de ganados por parte de la sociedad indígena y a la demostrada resistencia de estos pueblos al sometimiento español, provocaron un cambio de estrategia de las autoridades coloniales. La nueva política española se centró entonces en la defensa y afianzamiento de su posición en el valle central chileno, cuya fertilidad ofrecía excelentes condiciones productivas para responder a la demanda de sebos, cueros y cereales del polo potosino, entonces centro minero más importante del imperio español en América del Sur. Tal cambio de situación habría provocado el temporal abandono del interés por la Araucanía, iniciando un período de convivencia más armónica, sin intentos de conquista ni esclavización –al menos oficiales– de los pueblos ubicados al sur del Bío Bío. A partir del siglo XVIII la situación de paz se habría entonces profundizado –al menos hasta la instalación de los gobiernos republicanos– generando un importante avance de la integración, tanto económica como social, resultado de un activo tráfico comercial y de un elevado grado de mestizaje. Las autoridades españolas buscaron entonces distintas vías de adaptación a estas formas integradoras (parlamentos, paces, tratados, incorporación de indios al aparato burocrático-militar, etc.). Esta especial situación incrementó la presencia de numerosos mercaderes que recorrían periódicamente la zona en busca de ganado, ponchos y mantas para conducirlos a los importantes mercados de consumo, tanto del oriente como del occidente cordillerano (Varela y Bizet, 1993). Luego, la resistencia española del área de la Araucanía a los gobiernos republicanos, involucrando también a las poblaciones del este andino, generó situaciones de variados enfrentamientos en las primeras décadas del siglo XIX (Varela y Manara, 2002). Finalmente, la conquista definitiva de la región se concretó en la segunda mitad del siglo mediante sendas campañas militares organizadas, respectivamente, desde Santiago y Buenos Aires.

La cultura indígena, por su parte, había sufrido a lo largo de más de trescientos años de vida fronteriza, con mayor o menor grado de inestabilidad social, política y militar, importantes cambios (mestizaje, incorporación del caballo, etc.) que se fueron paulatinamente extendiendo con consecuencias muy significativas sobre las distintas parcialidades. La magnitud del intercambio con la sociedad hispano-criolla habría producido en los grupos indígenas del área una orientación importante hacia la ganadería, siendo también la intensa circulación fronteriza vía de difusión e incorporación de nuevos elementos culturales como el hierro y la plata, los cereales europeos, el uso del cuero de los ganados domésticos, la importancia de la vida pastoril y la complejización de la organización social, política y militar de las comunidades.

Ya en el siglo XVIII, y formando parte de esta "sociedad de frontera", los indígenas del área cordillerana manejaban una vasta red de caminos y comercio que abarcaba un ancho corredor interregional entre la Araucanía y las Pampas, con estricto control de las áreas irrigadas, ricas en pastos y capaces de alimentar abundantes cantidades de ganados, ubicadas en la travesía, como es el caso de la isla de Choele Choel en el curso del río Negro. Se fue conformando entonces una sociedad indígena de ganaderos y comerciantes, que requería de nuevos patrones de funcionamiento para responder a la demanda creciente de la población hispano-criolla. Importantes cantidades de sal, carnes, cueros y sebo circulaban entre el Río de la Plata y Chile, ya fueran para el consumo interno como para la exportación a los centros mineros del norte y a otros asentamientos españoles sobre el Pacífico sur. En esas condiciones, los campos cordilleranos del sur mendocino y norte patagónico resultaban excelentes para el acondicionamiento de los ganados antes de someterlos al esforzado cruce de los Andes. Aunque la situación de conflicto era muy importante y estaba siempre presente, las relaciones fronterizas siguieron incrementándose durante todo el siglo XVIII, alcanzando niveles significativos de intercambio económico y social (Varela y Manara, 2002). Evidentemente, en los tramos finales de ese período, cuando el avance de la sociedad blanca sobre las áreas indígenas era todavía poco significativo y mediado por la propia debilidad de las fuerzas coloniales, la política imperial tuvo un carácter más defensivo que ofensivo.

En el mismo período, “las Pampas” propiamente dichas eran para los españoles del Río de la Plata un vasto territorio poblado por indios y lleno de riquezas, que se extendía entre las actuales provincias de Buenos Aires y Mendoza, incluyendo el sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis, la zona cordillerana correspondiente y los valles de los ríos Negro y Colorado. De hecho, se pensaba que navegando por estos ríos podía llegarse hasta el océano Pacífico. Este espacio, en realidad poco conocido y explorado todavía, se incorporaba al imaginario de la época a partir de las percepciones que de él tenían los individuos, ya fueran los funcionarios regios, misioneros, viajeros y cronistas europeos, muy influenciados a su vez por las versiones recibidas de los indígenas, cuya concepción del mismo espacio era, indudablemente, muy diferente, tal y como se refleja en la riquísima toponimia del lugar. Grandes conocedores del medio ambiente que les permitía la supervivencia, las sociedades indígenas distinguían espacios diferenciados al interior de ese vasto conjunto cuyas rutas o rastrilladas atravesaban, ya fuera que se tratase de los valles cordilleranos proveedores de excelentes pastos, la zona central semiárida con escasa agua dulce que se usaba para el tránsito, o las sierras bonaerenses más próximas al río Salado donde todavía pastaban gran cantidad de caballos en estado salvaje. La reconstrucción de estas rastrilladas a partir de los datos existentes permite conocer el excelente manejo del espacio por parte de los grupos indígenas (Arias, 2006), tanto de los sitios más seguros para vadear los correntosos ríos, las escalas y sitios de descanso para que los animales se recuperasen, o los pasos más directos, bajos y seguros, para cruzar los Andes con destino a los principales mercados de ganado del occidente cordillerano, en ese entonces situados en las plazas de Valdivia y Concepción. Un año podía demandar el tránsito de ida y vuelta entre un punto y otro, lo cual implicaba un muy buen manejo de los tiempos para evitar la época de nevadas y el cierre de los pasos cordilleranos, así como de las estrategias a poner en práctica para evadir las frecuentes expediciones esclavistas organizadas desde Chile. Las Salinas Grandes –en la actual provincia de La Pampa– eran un punto de esencial importancia en estas rutas, tanto para la sociedad blanca, que organizaba frecuentes expediciones a ese lugar para el abastecimiento de sal a Buenos Aires, como para los grupos indígenas que la comercializaban en el occidente cordillerano.

L a vida en la “frontera”

Entretanto, los fuertes que jalonaban la llamada "frontera interna", además de cumplir con los fines defensivos para los que habían sido creados, se convirtieron en importantes centros de contacto en el dilatado y complejo territorio de la España imperial (Nacuzzi, 2002). Mercaderes, capitanes de amigos, intérpretes y otros variados ejemplos de “sujetos fronterizos”, se instalaban en estos puntos y participaban del incesante tráfico de personas y bienes del mercado colonial. Una hábil política de negociaciones, basada en el reconocimiento de la autoridad de los caciques aliados, jerarquizando su participación en estos parlamentos con tratamientos asimilables a los utilizados para funcionarios de la corona –entrega de bastones de mando, documentos que daban prueba de su autoridad, títulos honoríficos, etc.– sumados a la eximición del pago de tributos y servicios personales, permitió a las autoridades coloniales de Chile una convivencia posible con la sociedad indígena, a la vez que, simultáneamente, se aprovechaban sus diferencias internas y se los volvía cada vez más dependientes de los regalos de la corona (caballos, objetos de metal, vestimentas y alcohol, entre otros codiciados bienes). Esta situación de paz relativa influyó también en el aumento cada vez mayor de la población de la Araucanía y, en consecuencia, de su demanda de alimentos y bienes del mercado colonial. Las tribus intermediarias de las pampas y del sector más septentrional de la Patagonia se enfrentaron entonces por el control y la hegemonía a nivel regional y sub-regional, en tanto que las alianzas intra e interétnicas se desplegaban permanentemente como alternativas bélicas y de poder.

Variados eran los bienes que se intercambiaban en este corredor de Pampas y Araucanía. Mientras la sociedad indígena surtía de manufacturas de cuero (lazos, riendas y sillas de montar), boleadoras, ponchos tejidos y mantas de pieles, cueros pintados, tintas y plumas de avestruz a las poblaciones hispano-criollas, estas les proveían de elementos metálicos (como espuelas, frenos y cuchillos), alimentos, vestimentas, añil para teñir las lanas, cuentas de vidrio –o “chaquiras”– y los llamados “vicios” (aguardiente, tabaco, yerba, y azúcar). Los trueques podían ser directos, cuando los indios se acercaban a las poblaciones de frontera, o mediante intermediarios. Asimismo, eran muy importantes los intercambios al interior de la propia sociedad indígena, donde algunas agrupaciones se especializaban en la manufactura de tejidos, de quillangos pintados o en la provisión de piñones o plumas, por ejemplo. La fundación del Fuerte del Carmen en 1779 –hoy Carmen de Patagones, en el extremo sur de la provincia de Buenos Aires– incrementó estos contactos. Las tolderías se instalaron en las adyacencias del fuerte y los intercambios de ganado que proveían los indígenas por cereales y otros bienes europeos eran permanentes e incluso indispensables para asegurar la supervivencia de la población (Bustos, 1993; Luiz, 2005).

En la zona cordillerana, donde la densidad de población y la diversidad de recursos eran mayores, los circuitos mercantiles eran mucho más complejos y los intercambios más importantes, particularmente con los españoles de Chile, tal y como se describe en algunas crónicas de viajes como la de Luis de la Cruz (Varela, 2002). Investigaciones ya no tan recientes han aportado detalles muy importantes respecto de la naturaleza de estos intercambios y de la especialización económica que conlleva el habitar en territorios distintos y controlados por diversas parcialidades, lo cual permite entender al área pampeano-norpatagónica, al menos hasta principios del siglo XIX, como un espacio social heterogéneo y económicamente diversificado, donde la sociedad indígena aprovechaba plenamente los recursos que le aseguraban la supervivencia y los intercambios con la sociedad hispano-criolla de ambos lados de la cordillera. Así, ciertos grupos se habrían dedicado especialmente a la captura de animales, algunos a transportarlos por sendas de tránsito expresamente establecidas, mientras que otros cultivaban cereales y legumbres, recogían piñones o criaban animales y los mejoraban (Arias, 2006).

Sin duda que las poblaciones indígenas asentadas en los faldeos cordilleranos del área norpatagónica fueron, por su privilegiada situación geográfica, una pieza clave en este complejo mundo de relaciones construido alrededor de la frontera con el blanco. Estos grupos, de distintos orígenes y alta complejidad étnica, oficiaban de excelentes intermediarios entre el ganado proveniente de la región pampeana y el mercado chileno demandante. El adecuado aprovechamiento de los valles de invernada y veranada, el estricto control de las rutas y pasos cordilleranos y un eficaz sistema de comunicaciones, permitían un aceitado funcionamiento del modelo económico indígena. Los intercambios se hacían tanto con la sociedad hispano-criolla de ambos lados de la cordillera como con otras parcialidades vecinas, como los ranqueles del oeste pampeano. Un importante excedente de plumas, mantas de pieles, ponchos y otros tejidos producidos por los grupos indígenas se usaban como prendas de trueque; en tanto que la sal, proveniente de Neuquén y de las Salinas Grandes, era un elemento fundamental para la conservación de los rebaños y para el consumo humano, particularmente en Chile.

Los posteriores procesos independentistas de ambos países, sobre principios del siglo XIX, y los conflictos derivados que involucraron a la Araucanía, aumentaron las presiones demográficas sobre el área norpatagónica que recibió los mayores contingentes migratorios. Diversos grupos traspasaron entonces la cordillera buscando protegerse y mantener el control de las rutas y puntos estratégicos. Entretanto, las poblaciones fronterizas de ambos lados de los Andes seguían dependiendo para su subsistencia de los circuitos comerciales indígenas. Esto, sumado al gradual y permanente avance de las formas capitalistas en la región pampeana alteraría significativamente la situación aumentando la práctica del malón para la provisión de ganados –ahora de propiedad privada– que el mercado trasandino requería.

Si bien hoy se rechaza el criterio de imposición cultural por medio de la guerra, o al menos sólo por el carácter belicoso de los pueblos, es indudable que, como parte de estas complejas circunstancias, los intercambios culturales se difundieron (Mandrini y Ortelli, 1996) en un proceso que no debe, sin embargo, generalizarse a toda la Patagonia, aunque sí a su sector más septentrional, el comprendido entre las cuencas de los ríos Colorado y Negro, que de hecho comparte características geográficas e histórico-culturales comunes con el sudoeste de las Pampas y sur de Mendoza. El uso de la lengua mapuche –muy presente en los topónimos regionales– y de las prácticas religiosas de ese origen fueron, sin duda, su expresión más significativa (Aguerre y Tapia, 2002).

Siempre con referencia a la porción más septentrional de la Patagonia, la radicación estable de los grupos habría definido nuevos patrones de asentamiento, propios de una sociedad más compleja de ganaderos y comerciantes, permitiendo la afirmación de algunas prácticas agrícolas y la especialización del trabajo en ciertas áreas específicas como la platería para la fabricación de objetos suntuarios, demostrativos del poder alcanzado por los distintas jefaturas. El control de los campos y pasturas, de las aguadas, rutas y pasos cordilleranos, fue un factor determinante en la instalación de las tolderías (Vezub, 2006). Importantes grupos de población se habrían nucleado entonces alrededor de las jefaturas indígenas, en tanto que las autoridades criollas intentaban neutralizar los conflictos en la frontera con la entrega de ganados, raciones y vicios diversos.

Evidentemente, mucho más se sabe hoy de estos procesos y de su larga duración. Se encuentra absolutamente superada la imagen del territorio en manos de los indígenas como un espacio vacío, a la vez que revisado, como ya se adelantara, el imaginario construido alrededor del modelo absoluto del nomadismo, la caza y la recolección. Se reconoce la importancia del medio ambiente en el estudio de los patrones de asentamiento de los grupos, en tanto que la vida material, social y política del mundo indígena está en permanente revisión, descartándose cualquier alusión a un panorama social homogéneo. Ya no se trata de estudiar a estos grupos de manera aislada, sino por su participación específica en el marco de relaciones de fuerza diversas. El acercarse a la complejidad de este entramado permitirá visualizar distintos espacios políticos, de acumulación, de intercambios, lingüísticos, culturales, etc., dentro de la propia sociedad indígena y en su relación con el blanco. Quienes estudian la historia del siglo XIX deben necesariamente conocer esta realidad, no como un elemento marginal y ajeno a los centros de dominación que finalmente se imponen, sino como algo fuertemente relacionado con las profundas transformaciones que, simultáneamente, se estaban produciendo a nivel nacional e internacional.

En síntesis, no solo se sostiene en la actualidad que las sociedades indígenas de Pampas y Patagonia funcionaba de manera mucho más compleja, sino además que tal funcionamiento únicamente resulta entendible en el marco de sus múltiples relaciones de uno y otro lado de los Andes. A la expropiación y desafectación de los recursos naturales a las poblaciones indígenas le siguió la conformación de un marco político e institucional que asegurase el desenvolvimiento de la nueva organización social, ahora vinculada a las formas capitalistas de producción. El efecto inmediato de tales medidas en la Patagonia argentina fue el establecimiento de los límites administrativos de los nuevos Territorios Nacionales [3] y la fijación de la frontera política en la cordillera de los Andes. No obstante, como luego se verá, la situación periférica del interior patagónico con respecto al modelo de inserción en el sistema internacional vigente, con fuerte orientación atlántica, motivó la supervivencia de los antiguos contactos socioeconómicos en el área cordillerana por encima de la fijación de límites que los Estados nacionales, recientemente constituidos, intentaban imponer. [4]

Las relaciones comerciales en los siglos XIX y XX

Recordemos que, hacia fines del siglo XIX, la historiografía tradicional sostenía que la Patagonia se había integrado al sistema económico nacional a través de la captación del ganado ovino expulsado de la llanura pampeana por el auge de los cereales y la valorización de la carne vacuna por la incorporación del frigorífico. Este proceso, que en términos generales suele extenderse en los análisis históricos al conjunto de la región, afectó especialmente a los territorios del norte patagónico con litoral atlántico, cuyos puertos naturales permitían una rápida salida de lanas y carnes con destino al mercado de ultramar.

Es decir, que las tierras norpatagónicas más cercanas al mercado metropolitano argentino fueron esencialmente productoras de ovinos de raza Merino, cuya lana se destinaba a satisfacer la demanda de la industria textil europea, mientras que las tierras más australes se reservaron para el ovino productor de lanas y carnes, proveniente mayoritarimente de Malvinas, que se faenaba y comercializaba a través de la ciudad-puerto de Punta Arenas, en el sector magallánico chileno.

Especiales características tuvieron también las áreas andinas, especialmente en los territorios de Neuquén, Río Negro y norte de Chubut, cuyas condiciones de mediterraneidad y aislamiento favorecieron su natural desvinculación del mercado nacional argentino y una mayor integración con las provincias del sur chileno, al menos durante fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, produciendo una significativa cantidad de ganado vacuno para satisfacer la especial demanda de los centros del Pacífico. En síntesis, y hasta hace no mucho tiempo, la producción historiográfica nacional afirmaba, con un alto grado de generalidad, que la ganadería patagónica se había orientado mayoritariamente hacia el Atlántico, desconociendo la perdurabilidad de los contactos comerciales con el área del Pacífico.

Para comprobar lo dicho, pueden observarse los sucesivos censos ganaderos nacionales donde los territorios antes mencionados concentraban, aunque en bajas proporciones con relación a otras regiones del país, la mayor cantidad de vacunos respecto al total patagónico, en tanto que las existencias ovinas eran mucho más importantes en los territorios costeros siendo escasamente representativas, por ejemplo, en Neuquén. [5] Este último territorio, por sus condiciones de mediterraneidad y su mayor vinculación con el mercado chileno, muestra, en consecuencia, una relativamente escasa cantidad de ovinos, aunque sí son muy importantes las existencias caprinas, las mayores de la Patagonia, acorde con la situación de marginalidad de muchos pequeños productores, crianceros trashumantes, ubicados en el noroeste y centro del territorio.

Con respecto a la articulación de los circuitos mercantiles puede decirse que, en lo que respecta al área andina que comprende la parte occidental de Neuquén, Río Negro y noroeste de Chubut, el movimiento general de comercio y transporte era activo y sostenido particularmente con Chile, hecho que habría perdurado sin mayores variantes al menos hasta avanzada la década de 1920. Esto último facilitado, según ya adelantáramos, por la accesibilidad de los pasos fronterizos y la presencia de grandes ciudades y puertos del lado chileno (Puerto Montt, Valdivia, Temuco, Victoria, Los Ángeles, Chillán, San Carlos, Concepción, etc.), donde se realizaban las más importantes ferias anuales de venta de productos agropecuarios. Con la llegada del Ferrocarril Sud a Zapala en 1913 y la construcción del ramal entre San Antonio e Ingeniero Jacobacci en 1917, comenzó a orientarse más definidamente la salida de lanas y animales del área norpatagónica hacia los puertos del Atlántico. Sin embargo, remanentes importantes de las prácticas comerciales orientadas hacia el mercado transcordillerano se mantendrían en las áreas andinas, con mayor o menor intensidad, hasta épocas posteriores (Mendes y Blanco, 2006; Bandieri, 2010).

Para explicar este proceso, cabe recordar que en la segunda mitad del siglo XIX, a instancias de la creciente demanda de California y Australia primero y de Inglaterra después, la producción agrícola chilena llegó a cuadruplicarse, siendo, junto con el cobre, uno de los rubros de exportación más favorecidos (Sepúlveda, 1956). Ello habría provocado un vuelco de las tierras regables del valle central chileno, antes destinadas a la ganadería extensiva, hacia la producción de cereales, impulsando la ocupación de las tierras de la Araucanía hacia la década de 1880. La especialización cerealera se extendería entonces al sur del Bío Bío, en el área lindante con Neuquén –para 1910 esta región concentraba más del 50% de la superficie sembrada en ese país–, aumentando en consecuencia la demanda de carne y derivados para consumo y exportación a otros países sudamericanos con costas sobre el Pacífico sur, como Perú y Ecuador, cuyos trabajadores agrícolas –muchos de ellos de origen oriental– en estado semiservil, eran importantes consumidores de tasajo. Una significativa cantidad de vacunos en pie fueron entonces requeridos como materia prima indispensable para distintas actividades de transformación (saladeros, graserías, fábricas de velas y jabón, etc.), situadas en el valle central chileno y en el área de Valdivia. En esta última localidad se ubicaba, además, la industria de curtiembres más importante de Chile, que surtía de suelas al ejército y a las poblaciones mineras del norte, exportando su producción a los mercados de Europa central.

Características físicas de singular importancia, como ya dijimos, hacían de las áreas andinas norpatagónicas un lugar dotado de excelentes condiciones para satisfacer tal demanda, favorecido por la presencia de numerosos valles transversales que facilitan el tránsito de un lado a otro de la cordillera durante la mayor parte del año. Chile, en cambio, posee en igual latitud áreas más boscosas, poco aptas para la ganadería, con la sola excepción de los valles que ya estaban ocupados, según vimos, por la agricultura. Al mantenerse e incrementarse la demanda de carne, una vez sometidos los grupos indígenas que la abastecían, las corrientes de población instaladas en las áreas andinas del norte patagónico desarrollarían naturalmente la misma actividad. Esta situación se habría visto asimismo favorecida por el hecho de que Mendoza, tradicional proveedora de ganado vacuno a Chile, aumentase alrededor de 1880 su producción vitivinícola transformando sus potreros alfalfados en campos de vides. Por las mismas razones, la principal moneda circulante en el interior rural cordillerano hasta avanzada la década de 1920 –al menos en el caso de Neuquén– era la de ese país, mientras que la de origen argentino casi no se utilizaba. Por supuesto era otra la realidad en las áreas más próximas a la costa, donde Carmen de Patagones y Bahía Blanca eran proveedores habituales.

En Chile se colocaban animales en pie, lana, pelo, cueros, sal, grasa, quesos, oro en pepitas y algunas plumas de avestruz, en un circuito comercial que ofrecía una serie de variantes. Podía hacerse a través de agentes comerciales chilenos que periódicamente visitaban puntos estratégicos de la región y compraban la producción; también mediante arreos de los productores a las principales ferias ganaderas chilenas, como la que anualmente realizaba la “Sociedad de Abasto de Concepción”; o en acuerdos comerciales realizados en la misma frontera, donde los productores trashumantes aprovechaban a colocar hacia fines de la temporada de verano la hacienda engordada en los campos altos de la cordillera. De los bienes antes mencionados, el ganado vacuno en pie era sin duda el más representativo, constituyendo alrededor del 60% de los productos exportados hacia fines del siglo XIX y primeras décadas del XX, abarcando el área comprendida entre las localidades chilenas de Linares al centro y Puerto Montt al sur. Asimismo, la población residente en las áreas andinas aprovechaba el verano para comprar en el país trasandino buena parte de los bienes que consumía durante el resto del año, ya fueran productos de ese país (harina, azúcar, miel, arroz, fósforos, fideos, frijoles, papas y legumbres, vinos y aguardiente, velas, jabón, tabaco, cigarrillos, conservas de frutas y mariscos, calzados, maderas de construcción, herramientas, cal, carros y ruedas para carretas, pellones, monturas y correajes) o importados (café, yerba del Paraguay, géneros de lana y algodón, mercería y ferretería, loza y utensilios de metal, cristalería, hierro galvanizado para techos, pinturas, sulfato de potasio para el baño de lanares, parafina y sombreros de paño). [6] Los estancieros más importantes realizaban grandes arreos de ganado con 20 o 30 mulas cargadas, lo cual demostraba sus mejores condiciones económicas. Los pequeños crianceros, en cambio, vendían directamente en las veranadas a los compradores chilenos, entregando durante el invierno parte de su producción (lanas, cueros, pelo de chivo) al comerciante local –o "bolichero"– a cambio de los artículos de consumo familiar básico.

Solo algunas rudimentarias fábricas de queso y uno que otro saladero procesaban en la región parte de la producción ganadera para el consumo local y regional. Con el cereal cultivado se fabricaba también harina de inferior calidad en molinos habilitados a ese fin en distintos puntos del interior rural. Sin duda que el escaso desarrollo de la producción local de cereales tuvo que ver con las difíciles condiciones del terreno y con el gran desarrollo alcanzado por la agricultura chilena con la cual era imposible competir. De hecho, la harina de mejor calidad se importaba de ese país. La diferencia en fletes era notable con respecto a bienes de consumo que pudiesen llegar, eventualmente, desde Buenos Aires, Bahía Blanca o General Roca. El estado de los caminos y las distancias a recorrer eran también obstáculos para aumentar el intercambio con otras regiones del país, como Mendoza.

Aun cuando, naturalmente, la débil presencia estatal facilitaba la perdurabilidad de estos circuitos, la cuestión del manejo del comercio fronterizo fue una preocupación manifiesta de los distintos gobernadores territoriales. Por aplicación del Código Rural se intentaron imponer controles al ganado en tránsito, exigiendo la presentación de la guía que debía ser expedida por los jueces de paz de cada jurisdicción, previo pago del sellado correspondiente. En éstas se dejaba constancia de la procedencia del ganado transportado, su cantidad, destino y propietario con marca registrada. Pero la escasez de personal de vigilancia y de juzgados habilitados, las dificultades en las comunicaciones y la inexistencia de caminos y puentes impidieron el cumplimiento efectivo de tales obligaciones. En octubre de 1895 el Poder Ejecutivo Nacional autorizó la instalación de receptorías de aduanas en algunos sitios cercanos a la frontera donde se debía pagar un sellado para la comercialización de los animales. Pero la imposibilidad de controlar la gran cantidad de pasos que permitían el cruce libre de la cordillera impidieron la efectivización de los controles. Por otra parte, los pobladores locales demandaban permanentemente la liberalización del tránsito habida cuenta de la importancia del mercado fronterizo.

En el caso de Neuquén, la llegada del Ferrocarril Sud a la confluencia de los ríos Neuquén y Limay en 1902 y su posterior extensión a Zapala en 1913 no interrumpió definitivamente estas formas de intercambio. Sus efectos no parecen haber sido concluyentes en el interior del territorio, al menos de inmediato y particularmente para el área del noroeste, que no tuvo acceso por camino directo a la última punta de rieles mencionada hasta mediados de la década de 1920. Por contraposición, una importante cantidad de ovinos en pie, así como lanas, cueros, cerdas y pieles, procedentes del centro y sur del territorio, se embarcaban por ferrocarril con destino a Bahía Blanca y Buenos Aires. Como dato significativo, cabe destacar que muy poco ganado vacuno en pie se registraba en las cargas ferroviarias, al menos hasta que se comenzaron a introducir importantes aranceles aduaneros para el comercio cordillerano sobre fines de la década de 1920 y comienzos de la del '30. En el resto de las áreas andinas del norte patagónico se desarrollaron comportamientos similares, sobre todo en los contrafuertes andinos rionegrinos y chubutenses más próximos a las zonas chilenas puestas en ese momento en producción (Finkelstein y Novella, 2001 y 2006; Mendes y Blanco, 2006).

En dirección al sur, la influencia de Punta Arenas era innegable. Recuérdese que esta ciudad-puerto era por entonces el punto más dinámico del sur chileno por su estratégica posición dominante en la comunicación interoceánica, mientras que un gran vacío productivo y demográfico caracterizaba al área comprendida entre Puerto Montt y el área de Magallanes, las “tierras de entremedio” como se conocían entonces, de intrincada geografía. Ello facilitó que la influencia de Punta Arenas se consolidara en el área sur del continente. El sector argentino de la Patagonia austral, periférico y marginal al modelo agroexportador vigente por entonces en la Argentina, fuertemente vinculado a la producción de las pampa húmeda, proveía de carne ovina congelada a los mercados europeos a través del puerto magallánico y de su industria frigorífica. Sobre fines de 1910 puede ubicarse el momento de mayor auge de esta actividad en la ciudad del estrecho, cuando la provisión de ovinos argentinos constituía hasta el 50% de los animales sacrificados con destino a los mercados de ultramar (Martinic Beros, 1975). [7] También lanas y otros derivados eran absorbidos mayoritariamente por ese centro chileno. La posibilidad de comunicación directa, facilitada por la inexistencia de impuestos aduaneros y la débil presencia estatal en ambos sectores, habría propiciado tal proceso de articulación mercantil. La perdurabilidad de estos circuitos puede extenderse hasta aproximadamente 1920, con manifestaciones que, en algunos casos, alcanzan hasta los años 1930 y 1940 (Martinic Beros, 2001). [8] Esto en coincidencia con las consecuencias de la primera guerra mundial, la implantación de impuestos aduaneros y otros motivos derivados del tráfico marítimo internacional que afectaron la rentabilidad de las empresas ganaderas obligándolas a reorientar de manera definitiva sus intercambios hacia los puertos del Atlántico. La apertura del canal de Panamá en 1914 significó una importantes pérdida para la navegación del estrecho. Prueba de ello es el traslado de la casa central de la Sociedad Anónima Importadora y Exportadora de la Patagonia –más conocida como la Anónima–, uno de los capitales más poderosos de Punta Arenas instalados en la Patagonia Austral, a la ciudad de Buenos Aires en 1918 y la creación del frigorífico de Río Grande por parte de sus propietarios, el grupo empresarial Braun-Menéndez Behety, cuya primera producción de carne congelada se embarcó con destino a Inglaterra ese mismo año (Bandieri, 2015). Los cueros, sebos y otros subproductos empezaron a salir más frecuentemente por los puertos atlánticos con rumbo a Europa y Estados Unidos. Pocos años después, una producción anual de 4.000 toneladas de carne ovina envasada se exportaba desde esta zona al mercado inglés. Al norte de Santa Cruz, la vinculación con el Atlántico siempre fue la característica dominante, por cuanto la salida de los productos de la meseta central solo era posible a través de los puertos y de las comunicaciones marítimas.

Sin duda que la débil vinculación de los centros portuarios con las áreas andinas, expresión asimismo de la señalada falta de presencia estatal, favoreció la supervivencia de corrientes comerciales centrífugas orientadas hacia el Pacífico, por encima del interés de constituir un mercado nacional más o menos consolidado. Esas tendencias, por su parte, perdurarían en la región, coexistiendo con otras orientaciones alternativas, justamente hasta que el propio Estado nacional hiciera sentir, recién en las décadas de 1930 y 40, por influjo de tendencias nacionalistas y de nuevas políticas económicas derivadas de la necesidad de consolidar el mercado interno para el proceso de industrialización por sustitución de importaciones iniciado en esos años, una presencia más firme en la Patagonia (Bandieri, 2010).

De hecho, el régimen de “cordillera libre” para el comercio ganadero logró imponerse con algunas breves interrupciones hasta la Primera Guerra Mundial. Fue entonces cuando en Chile comenzaron las presiones más firmes para revisar las políticas arancelarias y eliminar la liberación impositiva, por considerar que el tema de la libre internación de ganados por la vía cordillerana era un factor especialmente desfavorable a la hora de lograr un desarrollo nacional autónomo. Intentos anteriores habían fracasado dada la importancia que tal comercio tenía. En el año 1905 se había producido incluso en Santiago una gran manifestación popular reclamando la baja de los impuestos a la carne importada de Argentina para abaratar el costo de los alimentos. Este episodio, más conocido en la historia social chilena como "la semana roja”, derivó en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad que produjo más de 250 muertos (Izquierdo Fernández, 1976).

El gobierno argentino también gravó la exportación de animales en agosto de 1917. Sin embargo, la inexistencia de aduanas en la cordillera volvió prácticamente imposible controlar su cumplimiento. Otras medidas de protección se tomaron desde Chile en los primeros años de la década de 1920 sin mayores resultados, siendo suspendidas al poco tiempo por entenderse que el desarrollo de la ganadería nacional no permitía todavía la imposición de derechos a todos sus productos. Las fuentes regionales indican que, para el caso específico de Neuquén, el tránsito por los pasos cordilleranos fue absolutamente libre entre los años 1903 y 1926, abonándose solo el 3 ‰ en concepto de derechos de estadística.

Sobre la segunda mitad de la década de 1920 el debate respecto al establecimiento del régimen de “cordillera libre” seguía vigente en Chile. El gobierno de ese país, presionado por los grupos que controlaban la comercialización y distribución del ganado argentino, insistía en mantenerlo para el intercambio de productos nacionales entre ambos países sobre la base del estudio de las compensaciones posibles, en tanto que los grupos industrialistas nucleados en la SOFOFA –Sociedad de Fomento Fabril– clamaban mayor protección. Según los estudiosos de la economía chilena, fue justamente a partir de 1925 cuando el país debió plantearse la reforma de sus estructuras tradicionales tendiendo a una intervención estatal cada vez más rígida, no por un renunciamiento a seguir creciendo “hacia afuera” sino por una insuficiencia dinámica de sus posibilidades reales en esa circunstancia histórica de colapso de las economías cerealera y salitrera. Tal situación coincidiría con una caída general de las exportaciones que aumentaría la posición marginal de Chile en el comercio mundial. Consecuentemente con ello, disminuiría notablemente el comercio internacional con la Argentina. Diversas versiones historiográficas ubican también en este punto el origen más firme de la sustitución de importaciones en ese país (Palma, 1984). Como producto de tal situación finalmente se dictó, en el año 1927, la ley n° 4.121, que establecía nuevos derechos de internación para animales vivos, en un régimen aduanero perfeccionado en 1930 que fijaba altos aranceles para el ganado argentino con el objeto de proteger a la ganadería nacional que venía decayendo en forma grave desde hacía tiempo y hasta el extremo de hacer necesaria la importación de vacunos argentinos por un valor de 60 a 70 millones de pesos por año. La población ganadera chilena se elevó rápidamente y el país llegó a autoabastecerse pese a las condiciones de la crisis internacional. La eliminación de la fiebre aftosa en Chile también se atribuyó a los logros de esta política proteccionista. El aumento de los aranceles se complementó en el mismo año de 1930 con un reglamento para la internación de ganados por las fronteras terrestres, que demandaba a los interesados el cumplimiento de una serie de trámites legales previos a la introducción de los animales, que debía hacerse exclusivamente por los pasos habilitados, bajo el control de las fuerzas de carabineros, con la guía correspondiente y abonando en efectivo los derechos establecidos. Las estadísticas del comercio exterior chileno muestran la significativa disminución de la entrada de ganado por los pasos de la norpatagonia a partir de esos años, al menos de manera legal. Las sucesivas medidas arancelarias tomadas de allí en más por parte de ambos países para reglamentar el comercio fronterizo habría terminado por cortar definitivamente el intercambio de ganado hacia mediados de la década de 1940. Luego de la segunda guerra mundial ya no se comercializaba más ganado en Chile. Aunque el contrabando siguió siendo una alternativa posible, nunca igualó en magnitud al comercio que se practicaba antaño, sobre todo a partir de la creación de fuerzas especiales de control de las fronteras como fue Gendarmería Nacional en el año 1938. Puede decirse, en resumen, que luego del derrumbe del modelo agroexportador producido como consecuencia de la crisis internacional de 1930 y de la paulatina implementación de la industria sustitutiva de importaciones, surgió la preocupación manifiesta de los gobiernos de ambos países por ejercer controles más efectivos sobre el comercio fronterizo a los efectos de asegurar el consumo en el mercado interno de los nuevos bienes fabricados (Bandieri, 2010).

Este fenómeno se repetiría en los valles andinos rionegrinos y chubutenses, así como también lo haría la influencia del mercado transcordillerano en el desarrollo pastoril y en el poblamiento espontáneo de estas zonas por sectores de distinta posición social, que cruzaban la cordillera como parte de las prácticas heredadas del propio funcionamiento regional en la etapa de predominio indígena (Finkelstein y Novella, 2001 y 2006). Muchos de estos pobladores, particularmente los de bajos recursos –incluidos los grupos indígenas- ya estaban en el lugar desde etapas anteriores. De esta manera, fue posible revisar otra creencia consolidada por la historiografía nacional argentina respecto del exclusivo sentido este-oeste de la ocupación patagónica, que ha sido siempre estudiada en relación con la expansión ovina y su incorporación atlántica a los mercados de ultramar, así como con la idea generalizada de que habría sido posterior a 1880, dando por supuesto que las campañas militares hicieron tabla rasa incluso con el poblamiento anterior. Asimismo, se complejiza la mirada que suponía que las inversiones extranjeras en tierras de la Patagonia estaban casi exclusivamente vinculadas al proceso de expansión de capitales ingleses, acorde con su injerencia en el conjunto de la economía argentina. En este caso, las investigaciones específicas permiten ver, además, estrategias combinadas de capitales chilenos que invertían en uno y otro país para controlar simultáneamente los mercados del Pacífico y del Atlántico (Barbería, 1995; Bandieri y Blanco, 2001; Méndez y Muñoz Sougarret, 2013). Por último, cabe agregar que esta expansión hacia el oriente cordillerano también se acompaña, aunque en forma significativamente menor, en el sentido inverso, por incursiones de empresarios radicados tempranamente en la Patagonia argentina que extendieron sus actividades al área chilena, muchas veces a partir de contraer matrimonio con mujeres de ese origen, lo cual les permitió acceder a la propiedad de fundos en ese país.

Asimismo, en el área fronteriza central de Chubut que se corresponde con Coyhaique y Puerto Aisén en Chile, se observan particularidades que la diferencian del resto del espacio regional que venimos describiendo. En este sector, como resultado del laudo arbitral de 1902, el límite abandona la línea de la cordillera de los Andes para penetrar en la meseta patagónica. A diferencia de los casos anteriores, la lejanía y las dificultades de comunicación con los centros urbanos de Chile más importantes del sector –Punta Arenas y Puerto Montt– facilitaron la natural conexión de la zona con los puertos del Atlántico, particularmente con Comodoro Rivadavia, así como el poblamiento en sentido inverso (Torres, 2002). Un espacio común de inversiones de capital, explotaciones ganaderas, flujos de población y variados vínculos socioeconómicos caracterizaron también a esta región fronteriza, solo que con una orientación temprana hacia el Atlántico. Una particularidad a destacar es la de migrantes chilenos asentados en la Argentina que reingresaron a su país para acceder a tierras en este lugar, junto con pobladores argentinos que también colonizaron el área. Las localidades chilenas de Futaleufú y Balmaceda, originadas a partir de estos grupos de colonos que ingresaron desde Argentina, es un claro ejemplo de este proceso inverso de ocupación que venimos describiendo.

Si bien esta síntesis alude básicamente a los intercambios comerciales en las áreas fronterizas, evidentemente el tema también guarda estrecha relación con los procesos migratorios e identitarios, es decir, con los diversos modos de "ser argentino o chileno" en la frontera patagónica. A ese respecto, afirma Baeza, refiriéndose a la Patagonia central, se habría construido una especie de "habitus fronterizo" con variados esquemas identificatorios, que se resistieron de diversas maneras a una adecuación rigurosa a los proyectos de "nacionalidad" elaborados desde los respectivos Estados centrales (Baeza, 2009).

A manera de síntesis, hemos intentado mostrar algunas de las investigaciones pioneras acerca de la perdurabilidad de los contactos socioeconómicos así como de los intercambios de bienes, hombres y capitales a ambos lados de los límites establecidos entre Argentina y Chile desde las etapas más antiguas, cuando tales Estados nacionales aún no existían, hasta avanzado el siglo XX, lo cual permite sostener, en una amplia producción ya consolidada, la hipótesis del funcionamiento de la frontera en la larga duración como un espacio social mucho más complejo y dinámico de lo generalmente supuesto por las "historiografías nacionales" de ambos países.

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Cita sugerida :

Bandieri, S. (2018). Los estudios sobre la frontera argentino-chilena como espacio social en la Patagonia: primeros aportes para una historiografía renovada. Coordenadas. Revista de Historia Local y Regional (5) 2, 1-21.



* Este trabajo fue presentado en una versión inicial en las V Jornadas Nacionales e Internacionales de Investigaciones Regionales Interdisciplinarias “Enfoques para la historia” , Mendoza, INCIHUSA-CONICET, agosto de 2017.

* * Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas en el Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (IPEHCS-CONICET). Profesora Consulta de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo).

[1] Se deja expresa constancia de que en este trabajo, dada la cantidad de estudios producidos en los últimos años, solo se citan aquellos que, de alguna manera, fueron precursores en la investigación de cada uno de los temas mencionados en las últimas décadas del siglo XX y primeros años del actual.

[2] Cabe consignar en qué sentido diferenciamos las nociones de "límite" y "frontera". Seguimos para ello a Jean Chesneaux cuando distingue la frontera-zona como área de aproximación y contactos económicos, sociales y culturales, en oposición a la frontera-línea como forma tradicional de tratar la frontera, o sea, como límite que demarca un territorio y divide poblaciones (Chesneaux, 1972:180-191).

[3] A las tradicionales provincias argentinas se agregaron, por ley nº 1532 de 1884 los Territorios Nacionales de Chaco, Formosa y Misiones en el norte, la Pampa en el área central del país y, en el sur, por división de la Gobernación de la Patagonia, los de Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego, estableciendo sus superficies, límites, forma de gobierno y administración. Hasta la década de 1950, en que se convirtieron en provincias –con la excepción de Tierra del Fuego que se provincializó en la década de 1990–, los territorios nacionales fueron simples divisiones administrativas carentes de autonomía y absolutamente dependiente del gobierno central.

[4] A este respecto, véase el texto coordinado por Bandieri (2001) donde distintos colegas de Argentina y Chile, desde Antofagasta y Jujuy al norte hasta Ushuaia y Punta Arenas al sur, volcaron sus investigaciones sobre la supervivencia de tales contactos fronterizos.

[5] Los censos agropecuarios de 1908, 1914 y 1922 reflejan claramente la situación aludida. En el primero, por ejemplo, sobre un total de más de 11 millones de cabezas ovinas en la Patagonia, solo 672 mil correspondían a Neuquén. La cantidad de vacunos respecto a los totales patagónicos representaban, respectivamente, los siguientes porcentajes: 23, 35 y 40% Entre ellos, era marcada la predominancia de ejemplares criollos no refinados -alrededor del 90% hacia fines de siglo-. (Mrio. de Agricultura y Ganadería, Censos Agropecuarios Nacionales, cit. en Bandieri, 1991).

[6] Un detalle completo de los productos chilenos que consumía la región, puede verse en el Boletín del Ministerio de Relaciones Exteriores, Informe del Cónsul General de Chile en la República Argentina, Santiago de Chile, 1902, p. 232.

[7] Sobre la importancia de esta actividad, puede verse también: Archivo Nacional de Chile, “La industria de carnes en Chile”, en Boletín del Centro Industrial y Agrícola, Año III, Nº 33, Santiago de Chile, 1º-2-1912, pp. 727-740.

[8] En las exportaciones patagónicas al área magallánica de Chile correspondientes al año 1940, los ovinos en pie constituían todavía un alto porcentaje del valor total de las mismas, en tanto que se importaban de los centros chilenos maderas y carbón. De todos modos, las cantidades eran considerablemente menores a las de los períodos anteriores, cuando no existían barreras aduaneras (Véase cifras en Juan Hilarión Lenzi, “Ubicación de la Patagonia y Magallanes en el intercambio comercial chileno-argentino”, en revista Argentina Austral, La Anónima, Año XIII, nº 132, junio 1942, pp. 8-9; y Maximiliano Errázuriz, “Discurso pronunciado en la sesión del Parlamento chileno del 21/4/1942 a favor de la supresión de barreras aduaneras entre Chile y la Argentina”, en revista Argentina Austral, La Anónima, Año XIII, nº 132, junio 1942 pp. 6-7)

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