Arado y literatura, trabajo y cultura Las bibliotecas judías en los asentamientos rurales en las provincias de Chaco, Santiago del Estero, Río Negro y La Pampa (1900-1960)

Arado y literatura, trabajo y cultura Las bibliotecas judías en los asentamientos rurales en las provincias de Chaco, Santiago del Estero, Río Negro y La Pampa (1900-1960)

Plow and literature, work and culture: The Jewish libraries in rural settlements in the provinces of Chaco, Santiago del Estero, Río Negro and La Pampa (1900-1960)

Irene Münster
 
Universities at Shady Grove. University of Maryland Libraries, Estados Unidos
/ http://orcid.org//0000-0002-9062-0689

DOI: https://doi.org/10.34096/ics.i41.6589

Recepción: 24 Julio 2019

Aprobación: 30 Octubre 2019

Resumen: Este artículo explora el establecimiento de bibliotecas en los asentamientos judíos de las provincias de Chaco, Santiago del Estero, Río Negro y La Pampa, que se produjo cuando los judíos emigraron de Europa oriental en 1889. Los principales temas que se tratan son el desarrollo de las bibliotecas como centros educativos y sociales en los cuales los colonos encontraron un espacio para interactuar después de una larga jornada de trabajo en los campos; cómo se establecieron estas bibliotecas, y el apoyo y los fondos que se les proporcionaron. La migración a las ciudades por parte de los hijos de los primeros pobladores acarreó la desaparición de estas bibliotecas, la reubicación de su material y la desaparición de la mayoría de los archivos que podrían contarnos sus historias. A través de las memorias de los colonos, leemos acerca de las dificultades que tuvieron que enfrentar y las alegrías que lograron disfrutar durante el difícil período de adaptación al suelo argentino.

Palabras clave: Bibliotecas judías, Argentina , Inmigración judía , Bibliotecas , Historia de bibliotecas .

Abstract: This article explores the establishment of libraries in the Jewish settlements in the provinces of Chaco, Santiago del Estero, Rio Negro and La Pampa, which occurred when the Jews migrating from Eastern Europe started to arrive in Argentina in 1889. The main topics covered are the library’s development as educational and social centers where the settlers found a space to interact after a daylong work on the fields; how these libraries were established, and the support and funding provided. As the children of the first settlers migrated to cities, these libraries and their materials disappeared, resulting in the loss of the archives, which could tell us their stories. Through the settler’s memories we read about the hardships they had to face and the joys they managed to enjoy during the hard period of adaptation to the Argentine soil.

Keywords: Jewish libraries , Argentine , Jewish immigration , Libraries , History of libraries .

Introducción1,2

Los inmigrantes judíos del centro y este de Europa llegaron a la Argentina en dos distintas y definidas oleadas, las cuales, aunque con pocos años de diferencia, fueron consecuencia de diferentes eventos en el suelo europeo. La primera tuvo lugar cuando la Argentina abrió sus puertas a la inmigración europea entre 1880 y 1920,3 y la segunda, como consecuencia de la II Guerra Mundial. Si bien la política de puertas abiertas a la inmigración ya comenzó a cerrarse después de la I Guerra Mundial, la inmigración europea solo llega a su fin a partir de 1950 (Devoto, 2003).

Con escasa información y gran incertidumbre, los primeros inmigrantes, en su mayoría provenientes de Rusia, Polonia, Ucrania, Besarabia, Rumania y Lituania, arribaron a Buenos Aires a bordo de los buques SS Weser en 1889 y Pampa en 1891. Queriendo mantener sus tradiciones judías, los primeros grupos de inmigrantes trajeron consigo, entre otras cosas, rollos de la Torá4, libros religiosos o seculares y objetos de culto. Los relatos de sus vivencias, que enviaban por carta a parientes y amigos de sus lugares de origen, más la propaganda de los agentes en Europa y lo que salía publicado en los diarios de esas regiones, forjó una imagen de la Argentina entre los judíos que consideraban la posibilidad de abandonar sus casas debido a los pogromos5 y a la inestabilidad social, política y económica de sus regiones de residencia. Su sueño era encontrar trabajo, estabilidad y prosperidad. Querían asegurar su futuro, pero más que nada el futuro y la educación de sus hijos, al igual que profesar libremente sus creencias religiosas y políticas. En su mayoría, estos inmigrantes contaban con un grado de educación, sabiendo hablar y/o leer al menos uno o dos idiomas (ídish, hebreo, ruso u otros dependiendo de su origen).

Entre estos inmigrantes se encontraban los ayudados por la Jewish Colonization Association (JCA), asociación de colonización judía del Fondo Barón de Hirsch. El barón Maurice de Hirsch, filántropo alemán, fue el fundador de asentamientos agrícolas en Argentina, Brasil, Canadá y Estados Unidos6. Los principales asentamientos judíos, financiados por la JCA o independientes, fueron establecidos en las provincias de Entre Ríos y Santa Fe y, en menor medida, en las actuales provincias de Buenos Aires, La Pampa, Río Negro, Chaco y Santiago del Estero. Si bien la mayoría de estos inmigrantes no sabían cómo lidiar con las tareas del campo, fueron superando las dificultades y falta de experiencia (Avni, 2018).

¿Qué distingue esta inmigración de las otras que arribaron a la Argentina? Los españoles e italianos que llegaban al país, en su gran mayoría escapando del hambre y otras penurias, venían para “hacer la América” y regresar. En cambio, los judíos solo tenían boleto de ida (Avni, 2018; Senkman, 1992; Orgambide, 1984).

Este artículo, basado en las memorias publicadas en español por aquellos inmigrantes que se radicaron, en asentamientos judíos de las provincias de Río Negro, La Pampa, Chaco y Santiago del Estero, entre 1900 – 1960, se enfoca en el surgimiento, auge y decadencia de las bibliotecas creadas en aquellos lugares. Varias memorias consultadas describen en una frase o un capítulo la creación o desarrollo de la biblioteca de la colonia y esto es lo que aquí se rescata. Las bibliotecas fueron una parte vital de casi todas las comunidades judías que se asentaron en la Argentina. Se convirtieron en lugar de reunión social para jóvenes, donde además se promovían distintas corrientes políticas y culturales.

Estas bibliotecas fueron iniciadas por los propios inmigrantes, que compartieron sus bibliotecas privadas con sus vecinos, o donaron sus libros para la creación de bibliotecas en escuelas o asentamientos. También encontraron el apoyo de organizaciones, nacionales y extranjeras, para la compra de material y subsistencia de las bibliotecas. El lenguaje de estas colecciones reflejaba los idiomas de estos inmigrantes. A medida que los inmigrantes se integraban al país, se comenzaron a adquirir materiales en español.

Un obstáculo que hubo que afrontar para esta investigación fue que en la mayoría de las memorias consultadas la mención de la biblioteca/s es mínima. Quizás una oración, quizás un párrafo. Muy pocos autores dedicaron más de dos hojas a las mismas. Esto no es por falta de significación según el punto de vista del autor; más bien, su intención era la de capturar la vida social, cultural y económica, así como sus padecimientos, todo en unas pocas páginas. Para este trabajo consultamos las memorias escritas en español o las traducidas al español; no fueron consultadas las escritas en ídish o en hebreo 7.

Revisión de la literatura sobre el tema

La historia de las bibliotecas argentinas ha sido abordada por investigadores como Ana Garibaldi, Leandro Gutiérrez y Luis A. Romero, y Nicolás Tripaldi (Garibaldi, 2011; Gutiérrez y Romero, 1989; Tripaldi, 2002), quienes dirigieron su mirada a las bibliotecas de barrio y de colectividades, bibliotecas socialistas, obreras o anarquistas, populares y/o provinciales. Tomamos como base la definición de Álvarez González:

bibliotecas de las colectividades que se formaron a partir del siglo XIX, fueron aquellas fundadas por los inmigrantes reunidos por su lugar de origen, e incluso por su filiación política y/o religiosa, podemos afirmar que las mismas representaron un espacio de desahogo, convivencia, intercambio de información de lo que sucedía tanto en el país de origen como aquel que los albergó (Álvarez González, 2010: 161).

Señalan Albornoz et al. (Albornoz et al., 2005: 7):

las bibliotecas de colectividades desempeñaron un papel central en la tensión mantenida entre la integración a la cultura nacional reciente y la perpetuación de los valores, las costumbres y las tradiciones de los países de origen.

Los “Encuentros de Bibliotecas de Colectividades”, que se han estado realizando desde el 2006 en distintos puntos del país, han dado a bibliotecarios e investigadores la posibilidad de compartir investigaciones y experiencias relacionadas con el desarrollo y funcionamiento de las bibliotecas vinculadas a las colectividades extranjeras en el país. Dichas reuniones otorgaron visibilidad a estas bibliotecas como agentes culturales y lograron difundir los servicios, crecimiento o extinción de las mismas. De los ocho encuentros realizados, en tan solo dos se abordó a las bibliotecas judías. En el primero, en septiembre de 2006, Silvia Borodowski presentó “Biblioteca Itzjak Rabin, una utopía”; y durante el tercer Encuentro, en junio de 2008, Rodolfo Compte, Silvia Hansman y Ester Szwarc presentaron “Crónica de los jóvenes que rescataron la memoria”, sobre el rescate de los libros de la colección IWO luego de la voladura del edificio de la AMIA. En este espacio hay una oportunidad para compartir la historia de las bibliotecas en las colonias judías y las creadas por instituciones de la colectividad.

Las bibliotecas judías fueron fundadas en las ciudades por organizaciones obreras, políticas, culturales o con fines benéficos, escolares, académicos o de investigación, mientras que otras se desarrollaron en los asentamientos judíos del interior del país. Su estudio es muy incipiente y es poco lo que ha sido publicado.

Comenzamos ofreciendo un breve pantallazo sobre algunas de las bibliotecas más representativas creadas en la ciudad de Buenos Aires. Puesto que justicia social y libertad son conceptos incrustados en la cultura y la tradición judía, posiblemente esa sea una de las razones por las que un número de judíos se unieron a los partidos de izquierda y fueron perseguidos en la Rusia zarista debido a sus creencias políticas, y luego participaron en luchas proletarias uniéndose al incipiente movimiento obrero en la Argentina. Llegaban con ideas revolucionarias y progresistas a un país católico y conservador. Tanto Moya como Bilsky hacen referencia a la Biblioteca Rusa, que funcionaba a comienzos del siglo XX en Buenos Aires, la cual congregaba a socialistas, bundistas y anarquistas, y que fue destruida durante el pogromo de la Semana Roja en 1909 (Moya, 2004; Bilsky, 1989).

La necesidad de los nuevos inmigrantes de conservar algún tipo de actividad cultural se canalizó mediante la creación de bibliotecas como la del IWO, una sucursal del Yidisher Visnshaftlekher Institut (YIVO), creado en 1925 en Vilna, Lituania. O la “Bibliothek der Lesefreunde” (Biblioteca Amigos de la Lectura) de la Asociación Filantrópica Israelita, fundada en 1933 por judíos de habla alemana. Poco ha sido escrito o investigado sobre las mismas.

En cuanto a los asentamientos judíos, los materiales sobre sus bibliotecas son de difícil acceso. El investigador Yehuda Levin es de los pocos que se ha aproximado a los archivos existentes para abordar el estudio de estas bibliotecas (Levin, 2013). La museóloga de la colonia de Moisés Ville (provincia de Santa Fe) ha publicado un documento con la historia del centro cultural “Kadima” y su biblioteca (Guelbert de Rosenthal, 2004). Münster ha estado investigando el tema y ha publicado y/o presentado trabajos sobre el mismo, versiones que se han utilizado para este artículo (Münster, 2016, 2018).

Vida cultural en las colonias

Como he explicado anteriormente, los colonos judíos que arribaron al país a partir de 1889 crearon asentamientos en las actuales provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe, Santiago del Estero, Chaco, Río Negro y La Pampa. Algunos de estos fueron financiados por la JCA, mientras que otros fueron proyectos privados de los mismos colonos, antes de emigrar de Europa o por las dificultades que tuvieron que afrontar en las colonias de la JCA.

Si bien su labor más importante y ardua fue la de cultivar el campo, los colonos organizaron actividades culturales y se preocuparon por la vida espiritual de la comunidad. Es así como crearon escuelas en sus colonias, financiadas por la JCA, donde impartían enseñanza en ídish y español (Senkman, 1984: 71-79). Los colonos insistieron en proveer una educación judía básica para sus niños; construyeron sinagogas y mantuvieron la kashrut,8 actuando uno de los colonos como matarife.

Había grupos de colonos que se suscribían a los periódicos en ídish que comenzaban a publicarse en Buenos Aires (Yidishe Zeitung, 1914 y Di Presse, 1918) o que llegaban de Europa, con noticias de lo que sucedía en sus países de origen (Ha-Melitz, publicado en Odessa; Ha-Zefirah, publicado en Varsovia). Estos periódicos eran leídos en grupos luego de una larga jornada de trabajo en el campo o durante el fin de semana, o eran pasados de mano en mano (Levin, 2017: 419). Algunos incluso enviaban notas que eran publicadas en dichos periódicos, para alentar o no a sus correligionarios a aventurarse a tierras tan lejanas.

Hubo grupos de colonos que emprendieron la ardua, riesgosa y costosa tarea de producir periódicos, en los cuales tenían por lo general la libertad y el apoyo para dar a conocer los problemas que afrontaban por la mala administración de la JCA tanto en las colonias como en la oficina central de la JCA en Buenos Aires, o donde relataban los acontecimientos de la comunidad. Era también un buen medio para publicar sus poemas y cuentos. Los periódicos que surgieron en las colonias fueron los siguientes: Der Yidisher Kolonist in Argentine (Clara, Entre Ríos, en 1909), Der Fateidiguer (Mauricio, Pvcia. de Buenos Aires, en 1912), Der Onfang (Moisés Ville, Santa Fe, en 1913), Riverer Wojenblat (Rivera, Pvcia. de Buenos Aires, en 1916), Di Pampa (Rivera, Pvcia. de Buenos Aires, en 1918), El Alba (Moisés Ville, Santa Fe, en 1918), Entre Ríos Tribune (Basavilbaso, Entre Ríos, en 1928), y Der Aker (Narcisse Leven, La Pampa, en 1933).

Si bien los colonos vivían dispersos y alejados unos de otros, lograron establecer una interesante vida cultural judía. Florecieron grupos teatrales, se organizaron veladas literarias, tertulias, conferencias con personajes de la colonia o visitantes de otras colonias o provenientes de Buenos Aires o del exterior. Un intelectual judío como Peretz Hirschbein visitó en noviembre 1925 algunos asentamientos y describió lo vivenciado en el periódico Der Tog, de la ciudad de Nueva York, volcando luego su experiencia en un cuaderno de viaje9. También pasó por allí en 1957 el futuro Premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer, quien capturó su experiencia en el cuento “The Colony”, ‘La colonia’.10

Los colonos sabían que el acceso a una educación era la vía al éxito. Las escuelas subvencionadas por la JCA eran mixtas, dando oportunidad a varones y mujeres de adquirir una educación. Se construían escuelas por cada 100 familias rurales; pero algunas se encontraban en lugares remotos y de difícil acceso. La JCA reclutó maestros de Europa y del Norte de África pertenecientes a la Alliance Israelite Universelle, 11conocedores de francés, ladino y a veces español, para impartir instrucción a los niños. Estos maestros, que traían costumbres tan distintas de las de los judíos de Europa oriental y no comprendían el ídish hablado por la mayoría de los colonos, causaron ciertos inconvenientes en varias de las poblaciones. La creación de bibliotecas estuvo vinculada a estos proyectos educativos y culturales, y prosperó en todas las colonias.

Las bibliotecas como centros culturales en las colonias judías

La necesidad de promover la cultura y la lectura, y de mantener los valores espirituales y culturales ancestrales, conllevó a la creación de bibliotecas. En la mayoría de los casos, estas fueron creadas por los mismos colonos, con su propia colección traída de Europa, con material comprado en el país o en el exterior, o por subvención de la JCA a solicitud de los propios colonos. La JCA apoyó la creación de bibliotecas a partir de 1907, con la condición de que fueran dirigidas por los colonos o las cooperativas12 creadas por ellos y supervisadas por el administrador de la colonia. La JCA subsidiaba la compra de las publicaciones entregando una cifra similar a lo que los propios colonos invertían, hasta la suma de 500 pesos. Su objetivo era que los colonos comprasen libros sobre agricultura para adquirir mejores conocimientos y obtener mejores resultados de los cultivos y cosechas. Pero los colonos optaron por adquirir libros para ampliar sus conocimientos culturales y saciar sus intereses intelectuales.

Los fundadores de las bibliotecas fueron por lo general los mismos colonos, los maestros en las colonias que impulsaban la creación de bibliotecas infantiles con algunos libros que ya se hallaban en los cuartos asignados como vivienda, y los jóvenes que crearon asociaciones en las cuales se desarrollaban actividades sociales, culturales y recreativas. Estas actividades incluían bailes, conferencias, obras de teatro presentadas por los propios colonos, tertulias en las que se leía en voz alta y se discutían libros o artículos aparecidos en los diarios. Las tertulias eran organizadas a veces para recaudar dinero para la compra de nuevos libros. Para sufragar los gastos de la compra de libros, moblaje y sueldo de los bibliotecarios, se solía solicitar a los socios una modesta contribución anual.

McGee Deutsch resalta la labor de las mujeres en estas bibliotecas, indicando que, a pesar del poco nivel de educación formal que poseían, lo compensaban leyendo libros que escogían de la biblioteca. Las mujeres fueron en varios casos voluntarias en dichas instituciones y participaron activamente en sus programas (McGee Deutsch, 2009).

Las bibliotecas patrocinaron lo que fue denominado la “noche del buzón”, en que los participantes escribían en trozos de papel lo que querían debatir y lo depositaban en una caja. Al azar se sacaba uno de los papelitos con el tema a ser tratado esa velada. Estos debates, que podían durar varias horas, tuvieron lugar en diferentes colonias.13

Al comienzo los libros adquiridos eran mayoritariamente en ídish, pero a medida que los colonos comenzaron a dominar la lengua castellana y los hijos se acriollaron, se observa una inclinación a comprar libros en español. Estos eran seleccionados por un grupo de colonos, pertenecientes a la comisión de biblioteca de la asociación, los cuales se dividían la tarea según el idioma de las publicaciones, sus conocimientos y sus inclinaciones literarias y/o políticas.

Es escasa la documentación existente sobre la historia de las bibliotecas, el material que adquirieron, quienes integraron sus comisiones directivas y cómo se desarrollaron. Luego de la emigración de los hijos de los colonos a las ciudades y la decadencia de las colonias, muchas de las bibliotecas cerraron sus puertas. Sus libros fueron enviados a bibliotecas públicas o sucumbieron abandonados en galpones de las mismas colonias. Alguna documentación aún puede ser rescatada en los archivos de la JCA en Nueva York y en Jerusalén, como así también en el archivo del Museo de las Colonias en Villa Domínguez, Entre Ríos.

Algo se ha escrito sobre la biblioteca “Kadima” de la colonia Moisés Ville en la provincia de Santa Fe o las bibliotecas en las colonias de la provincia de Entre Ríos y Buenos Aires. Existe poca información –o poca es la que hemos logrado hallar– sobre las bibliotecas creadas en las colonias del norte del país (Santiago del Estero y Chaco) y las del sur (Río Negro y La Pampa).

Santiago del Estero: Colonia Dora

Fue creada en 1900 por Antonio López Agrelo, cónsul de Portugal en Argentina, quien arrendaba y vendía terrenos a inmigrantes mayoritariamente españoles e italianos, coincidiendo con la inauguración, a fines de siglo, de la estación Colonia Dora del Ferrocarril Central Argentino (Kapszuk, 2001: 514). Esta fue la primera colonia santiagueña y se hallaba al sudeste de la provincia.14

En 1910, la JCA adquiere varias hectáreas a orillas del Río Salado y logra asentar unas 80 familias judías provenientes de Polonia, Rusia y Alemania, que se dedicaron a cultivar maíz y alfalfa y, en menor medida, algodón. Según relata Kuperstein de Gerson, sus padres al instalarse recibieron “una vivienda en medio del monte, un arado de rejas y dos caballos” (Kuperstein de Gerson, 2013).

Los judíos lograron integrarse bien con los colonos ya asentados en Dora y con los criollos. Las plagas de langostas y hormigas, los ciclos de sequía o crecidas del Río Salado y la falta de agua potable empobrecieron a los agricultores, provocando su éxodo a partir de 1917; en 1920 quedaban veinte colonos (Tenti, 2002; Garber, 1992).

En 1911 inauguraron la sinagoga, la escuela y la casa del maestro. En la escuela no. 225, si bien se impartían clases en ídish y español, también se hablaba el quechua. El “Salón y Biblioteca Barón Hirsch” fue creado en 1945 para usos múltiples. Poco más tarde se fundó la cooperativa “Colonos Unidos” (Kuperstein de Gerson, 2013: 37), la única colonia judía creada en Santiago del Estero.

Chaco: Colonia Charata

Los colonos judíos que no querían formar parte del programa de la JCA, se instalaron en Charata, al suroeste del Territorio Nacional del Chaco. Provenían de otras colonias, atraídos por la oportunidad de comprar tierras fiscales y cultivar el algodón, el llamado oro blanco. En un lapso muy breve más de ochenta familias judías de diferentes colonias del país se instalaron en Gral. Pinedo, Charata y Las Breñas. A diferencia de otras colonias en el país, los judíos se diseminaron entre inmigrantes ya establecidos, españoles, italianos y alemanes del Volga. Todos los colonos sufrieron las consecuencias de las prolongadas sequías que abrasaron sus cultivos o plagas, como la de las orugas, que atacaban sus cosechas de algodón. Los medios de vida que encontraron fueron muy precarios.

Una de las familias que allí se instalaron, los Bursuk, provenía de la colonia Narcisse Leven, en la provincia de La Pampa, que abandonaron desanimados por los altos precios de los contratos que en 1920 comenzó a demandar la JCA. Originarios de Rumania, se instalaron primero en Narcisse Leven y abrieron una librería anarquista desde donde propagaban sus ideales libertarios.

Junto a otras familias judías formaron en Charata una cooperativa, con la que afianzaron su identidad anarquista. Criaron a sus diez hijos y les enseñaron a leer en ídish y luego en español, a recitar y a actuar en presentaciones filo-dramáticas. Cuenta Nelia Bursuk, una de las hijas, que en varias ocasiones la familia se reunía a escuchar a uno de ellos que leía en voz alta los diarios La Protesta (1897) y Dos Freie Wort (1936-1975), diario anarco-judío de Buenos Aires, en el cual colaboraban sus tíos.

Los Bursuk instalaron en 1930 una biblioteca a la cual llamaron “León Jazanovitch”,15 en honor al periodista acusado de anarquista y deportado de la Argentina después del pogromo de 1910. La biblioteca solía prestar libros y se suscribía a diversos periódicos y revistas (Itzigsohn et al., 1985: 43; Guzzo, 2014: 40).

Sus hijos organizaron una biblioteca para la juventud llamada “Brazo y Cerebro”, donde se reunían criollos, republicanos y vecinos de los cercanos pueblos a discutir obras literarias y literatura anarquista. Según relata Nelia, cada quince días realizaban veladas literarias y cada tres meses, veladas teatrales. En apoyo a los republicanos españoles, a través de veladas literarias lograron recolectar dinero enviándolo a España. La biblioteca también era visitada por los comunistas de la zona, quienes intentaron quitársela sin éxito (Sainz, Randazzo y Machiavelli, 2005; Guzzo, 2014: 38-41; Itzigsohn et al., 1985: 39-44).

Los colonos fundaron en 1927 la cooperativa “Sociedad Israelita de Charata”, donde las familias disfrutaban de veladas literarias y celebraban oficios religiosos. Esta colectividad también publicó la revista en ídish Chaquer Vort (La palabra chaqueña), cuyo primer número apareció en 1935. Las plagas de langostas, sequías, aguas salobres y una vegetación impenetrable hicieron que varios colonos abandonasen la zona mudándose a la ciudad, donde se dedicaron al comercio. En la actualidad apenas quedan allí unas pocas familias judías.

Río Negro: Colonia Rusa

En 1906 un grupo de colonos judíos independientes, provenientes de Rusia, encontraron en la zona del Alto Valle del Río Negro un lugar donde asentarse. Colonia Rusa nació en las inmediaciones de la estación Padre Stefenelli, al este de la ciudad de General Roca. Es una de las pocas colonias que adquirió tierras al gobierno nacional. Con mucho esfuerzo desmontaron y emparejaron el terreno, incorporaron el riego y con los años reemplazaron el cultivo de la alfalfa y hortalizas por el cultivo de la uva y de otros frutales.

Por iniciativa de los colonos se fundó un centro cultural donde funcionaban la sinagoga y un salón de usos múltiples, en el cual también se reunían colonos de otras colectividades y los nativos (Piflacs, 2010: 173; Declarar monumento histórico nacional a la sinagoga ubicada en la ciudad de General Roca, Provincia de Río Negro, 2008).

A fines de 1910, los pobladores de la zona, italianos, españoles y judíos, lograron que el gobierno aprobara la instalación de una escuela primaria. Esta comenzó en la casa de uno de los colonos judíos, donde se impartían clases de ídish y costumbres judías a los niños judíos. Una docente enviada por el gobierno enseñaba el español a todos los niños. Por su lado, los mayores aprendían el castellano interactuando con sus vecinos.

La colonia entra en lo que llaman su “época de oro”, después de 1920, cuando se crean o expanden las bibliotecas y el shul,16 y cuando se intensifica la vida cultural (Koon, 2000: 347). El encargado de la biblioteca verificaba que los usuarios hubiesen leído el libro prestado, en caso contrario se lo devolvía para que terminase su lectura (Piflacs, 2000: 23). Según el testimonio de Jaike Riskin, “en la biblioteca se jugaba a las cartas, al ajedrez, se conversaba, se escuchaba música con el fonógrafo a cuerda” (Koon, 2000: 348). La biblioteca estaba compuesta por libros en ruso, ídish y castellano. Con el correr del tiempo se incrementaron los textos en castellano respondiendo a los pedidos de los jóvenes. El colono Kaspin relata en sus memorias que los colonos, en los meses de otoño, visitaban la biblioteca donde se dictaban conferencias, generalmente sobre temática judaica, y luego discutían qué obra de teatro representarían durante el año.

El ocaso de la colonia se profundizó con el abandono de parte de la juventud que emigró hacia la ciudad por los años 60. En 1963, por decreto del gobierno municipal, la colonia cambió su nombre al de Colonia Fátima, borrando todo vestigio de su pasado. Hoy en día es conocida como Villa Fátima (Brunelli, 2013: 20).

La Pampa: Colonia Villa Alba

Establecida en 1901, Colonia Villa Alba fue una colonia independiente de la JCA, fundada por colonos que procedían de otras colonias en Entre Ríos, a quienes ciertas cláusulas de los contratos con la JCA les resultaban perjudiciales. Situada a algunos kilómetros de Bernasconi, que desde el año 1944 se conoce con el nombre de General San Martín, fue en sus inicios un asentamiento judío. Los primeros años de la colonia fueron muy duros por la lucha contra epidemias, el hambre, heladas y fuertes vendavales. Varios abandonaron la colonia para probar suerte en las colonias Narcisse Leven o Barón Hirsch (provincia de Buenos Aires). La población de Villa Alba estaba conformada por inmigrantes españoles, franceses, alemanes del Volga (llegados entre 1910-1915) y judíos. La convivencia no fue fácil, pero lograron integrarse, resguardando cada uno su propia identidad. La primera estación del ferrocarril fue construida en 1904 y la primera escuela se estableció en 1905.

En 1905, los colonos organizaron una biblioteca “Unión y Cultura” que funcionaba en la sinagoga. En 1906, se fundó la “Asociación Cultural Judía” donde se presentaban obras de teatro. En 1909, ambas instituciones se integraron para llamarse “Sociedad Israelita Unión y Cultura”. A partir de 1911 pasó a llamarse “Sociedad Israelita de Socorros Mutuos”, cuyas actividades se realizaban en ídish. Según describe Guerstein de Honnorez, la biblioteca organizada por la juventud contenía libros en ídish y fue “la primera manifestación cultural que tuvo lugar en medio de La Pampa” (Prost, 2014: 12; Guerstein de Honnorez, 2014: 115).

La Pampa: Colonia Narcisse Leven

En 1908 la JCA adquiere 46.466 hectáreas de tierra al sur de Bernasconi y establece en 1909 la colonia Narcisse Leven.17 Los colonos provenían de Polonia, Ucrania y Rusia. La JCA les repartió las parcelas, con un arado de dos discos, un carro de cuatro ruedas, caballos y vacas lecheras para cada familia. La vida en esta colonia tampoco fue fácil: no era el suelo fértil que creyeron obtener, escaseaba el agua y prevalecía la sequía. Los colonos fundaron cooperativas, entre ellas “Unión Cooperativa Agrícola” (1911) y “El Progreso” (1929), que llegó a contar con 189 socios, las cuales ayudaron a los colonos a sobrevivir. La cooperativa “El Progreso” prosperó tanto que terminó dominando los aspectos culturales, sociales y económicos de la colonia (Fichman, 2013: 36).

La JCA fundó seis escuelas rurales donde se impartían el castellano y el hebreo, mantenidas con cuotas anuales de los colonos. Desde el inicio de la colonia se impartían clases en ídish. Al comienzo la escuela consistía en una habitación que también servía de hogar para el maestro. Pronto los colonos agregaron una biblioteca a la habitación o construyeron un área de almacenamiento adyacente para libros en ídish, ruso, hebreo y castellano. Salomón Resnick, profesor de español en una de las escuelas JCA, se convirtió en 1913 en su bibliotecario escolar.

Un grupo de jóvenes planificó la apertura de una biblioteca como un espacio para compartir sus preocupaciones sociales y políticas. Decidieron que cada uno debía aportar cinco pesos para iniciar la biblioteca. La biblioteca, llamada “Idische Yuguent” (Juventud israelita), comenzó a operar en la estancia La Esmeralda, ubicada en el centro de la colonia. Muy pronto, a través de las actividades de la biblioteca, los jóvenes lograron organizar actividades culturales, sociales y políticas con la participación de los habitantes de la colonia y los alrededores.

Luego de la visita del escritor Peretz Hirschbein, la biblioteca cambió de nombre en honor al ilustre escritor. Durante su apogeo la biblioteca llegó a poseer unos 3.000 volúmenes en castellano e ídish. A raíz de la crisis económica mundial de 1929-30, que afectó gravemente a las colonias judías de Argentina, muchos de los habitantes de Narcisse Leven abandonaron el campo para radicarse en las ciudades. Fue entonces que los colonos consideraron que debían cerrar la biblioteca, transfiriendo sus libros a la biblioteca “Idische Folks Bibliotek” (Biblioteca popular israelita), en Bernasconi (Schoijet, 1961: 30).

Palabras finales

Los colonos trajeron sus libros al emigrar o compraron nuevos al asentarse. Los mismos eran resguardados en baúles, roperos o estantes, y estaban a disposición de los colonos o los socios de las bibliotecas.

Las bibliotecas se convirtieron en un centro de encuentro y sociabilidad, con una llamativa participación de los colonos. Allí se organizaban diversas actividades culturales y se debatían ideas políticas y/o sociales; eran ámbitos que formaron una generación de activistas sociales con criterios amplios e independientes.

La desaparición de la mayoría de los archivos de las bibliotecas imposibilita saber quiénes fueron sus socios, quiénes concurrían, quiénes fueron sus benefactores, quiénes estaban al frente de las mismas, quiénes eran los visitantes ilustres, qué se compraba, cuáles eran las actividades sociales y políticas. En resumen, ha impedido escribir una historia completa de sus actividades. Es a través de los testimonios escritos u orales que se han encontrado diseminados que uno puede lograr hacerse una idea de su funcionamiento y sus actividades culturales y sociales.

Con el declive y cierre de las colonias, a partir de los treinta, estas bibliotecas sucumbieron. En su mayoría, las colecciones fueron enviadas a bibliotecas públicas de la zona; en otros casos algunos particulares se llevaron libros a sus casas, o fueron abandonados en baúles o inmuebles hoy en día olvidados.

En su cuento “La Colonia”, Bashevis Singer nos da un triste panorama de la conferencia que pronunció ante los que aún habitaban las colonias que visitó durante su estadía en la Argentina. Antes de reunirse con los colonos, que ya no leían el ídish, se tomó tiempo para descansar después de su largo viaje de Buenos Aires a Entre Ríos. En el cuento describe que halló un barril lleno de libros en ídish que habían pertenecido a una biblioteca. Luego de dar su conferencia, continúa Singer,

no pude leerlos, pero toqué sus cubiertas y acaricié las páginas. Olí el olor a moho que despedían. Saqué un libro del fondo y me esforcé en leer el título a la luz de las estrellas. Apareció Sonya en bata y zapatillas, con el cabello suelto. Me preguntó: “¿Qué haces?” Y contesté: “Visito mi propia tumba”.

Al escribir este artículo resaltando la existencia de bibliotecas en las colonias judías del país, quise contribuir a mantener el recuerdo de lo que una vez fue y el de aquellos colonos que a través de sus memorias y recuerdos nos han hecho llegar las penurias que tuvieron que afrontar y las alegrías que lograron disfrutar durante el duro periodo de adaptación al suelo argentino. Ellos fueron portadores de una historia y productores de un legado. Por lo general, estas historias de construcción de una vida, de una colectividad y de una sociedad han quedado enterradas; esta es una forma de rescatarlas del olvido.

Gracias a las instituciones creadas por los colonos, entre ellas las bibliotecas, las cuales les daban un sentido de pertenencia en torno a un mismo origen para mantener las tradiciones, costumbres e ideologías y transmitirlas a nuevas generaciones, podemos afirmar que la inmigración judía ha contribuido al desarrollo de la sociedad argentina. Escritores como Alberto Gerchunoff y Samuel Eichelbaum, políticos como Enrique Dickman y Fenia Chertkoff, pioneros del cooperativismo agrario como Miguel Sajaroff y Marcos Wortman, entre muchos otros, han dejado su huella y una marca en nuestra sociedad.

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Notas

1 Esta es una nueva versión del trabajo aparecido en Libraries: Culture, History, and Society 2018: 2:2, pp. 151-169. La frase del título “Arado y literatura, trabajo y cultura” fue tomada de Isaac Kaplan, “La vida social en las colonias judías”, en El Colono Cooperador, abril 1967, año 50, p.4.
2 En un segundo artículo se continuará con el desarrollo de las bibliotecas en las colonias en las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires.
3 La ley de Inmigración y Colonización Nº 817 de 1876 (también conocida como Ley Avellaneda) es la primera ley nacional que regula temas sobre inmigración y colonización. La misma contemplaba el desarrollo de colonias agrícolas.
4 Manuscrito sobre pergamino que contiene los libros del Pentateuco.
5 Palabra de origen ruso que significa “causar estragos, demoler violentamente”. Históricamente, el término se refiere a ataques violentos por parte de poblaciones no judías contra los judíos en el Imperio Ruso y en otros países. Tomado de: https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/pogroms [consulta 23 julio 2019]
6 La JCA fue creada en 1891 con el fin de facilitar la emigración de los judíos del este europeo continuamente afectados por persecuciones y la intolerancia de sus vecinos promovida desde los gobiernos. Fue una institución filantrópica con sede en Londres y administración en Paris; en Argentina su oficina central fue establecida en Buenos Aires.
7 El tipo de fuentes consultadas fueron las memorias de los inmigrantes escritas o traducidas al español debido a la dificultad de lectura en idish y/o hebreo. Para este trabajo tan solo se encuentran listadas en la bibliografía las memorias utilizadas.
8 Normas de alimentación según la religión judía.
9 Fun vayte lender: Arguentine, Brazil: Yuni (De países lejanos: Argentina, Brasil: junio), en Der Tog, November 1914. New York: 1916.
10 Originalmente publicado en la revista Commentary en 1968. Luego apareció en AFriend of Kafka and Other Stories, 1970.
11 Asociación fundada en 1860 por Adolphe Crémieux, para la protección y el mejoramiento de los judíos en general, pero principalmente dedicada a los de Europa oriental, África del Norte y Asia Menor.
12 Las sociedades cooperativas en las colonias fueron creadas para ayudar a los colonos en la venta de la producción y favorecer la compra de insumos. También se ocuparon de temas sociales y culturales, como la creación de centros culturales y el manejo de bibliotecas, hospitales y cementerios. La primera cooperativa agrícola que funcionó fue la “Sociedad Agrícola Lucienville” de Basavilbaso, Entre Ríos, fundada el 12 de agosto de 1900.
13 Para ampliar el tema de la sociabilización en las bibliotecas se recomienda consultar el libro de J. Planas, Libros, lectores y sociabilidades de lectura. Una historia de los orígenes de las bibliotecas populares en Argentina. Buenos Aires, Ampersand, 2017.
14 La comunidad judía fue, después de la española, italiana y sirio-libanesa, las más importante en la provincia.
15 Editor del diario Brot un Ere (Pan y dignidad)
16 Sinagoga.
17 Narcisse Leven fue un político y filántropo francés que presidió el Consejo de Administración de la JCA.


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