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raSal
LINGÜÍSTICA
2020: 49-69
Recibido: 31.08.2019 | Aceptado: 23.01.2020
ARK: http://id.caicyt.gov.ar/ark:/s26183455/o60bt8ww0
SOBRE VICIOS, VERGAS Y VULVAS. DOS TEXTOS INÉDITOS
DE ARTURO COSTA ÁLVAREZ
ON VICES, PENISES AND VULVAS. TWO UNPUBLISHED
TEXTS BY ARTURO COSTA ALVAREZ
Guillermo Toscano y García
Instituto de Lingüística – Universidad de Buenos Aires
RESUMEN
En este trabajo presentamos dos textos inéditos de Arturo Costa Álvarez: “La filología española
o un cultivo que ‘se va en vicio’” (1922?) y “Las cosas machos y hembras” (1923), conservados en el
Fondo Costa Álvarez de la Biblioteca Pública de la Universidad Nacional de La Plata. En el primero,
mostramos cómo se introducen algunos de los ejes conceptuales que organizarán la producción de
Costa Álvarez a partir del libro Nuestra lengua (1922) pero, también, cómo se inaugura una perspectiva
que, aunque anterior a la creación del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, anticipa
y modela en gran medida sus posiciones críticas posteriores. En el segundo trabajo, señalamos de
qué modo, también a partir de un gesto polémico con las autoridades de ese Instituto, Costa Álvarez
despliega un saber gramatical y lingüístico, y evaluamos sus características en tanto ejemplo de la
lingüística no académica del período.
PALABRAS CLAVE: Arturo Costa Álvarez; textos inéditos; historia de la lingüística; Argentina.
ABSTRACT
In this paper we present two unpublished texts by Arturo Costa Álvarez: “La filología española o
un cultivo que ‘se va en vicio’” (1922?) and “Las cosas machos y hembras” (1923), preserved in the
Costa Álvarez Fund at the Public Library of the National University of La Plata. In the former, we
analyze how some of the conceptual axes that organize the production of Costa Álvarez based on the
book Nuestra lengua (1922) are introduced. We also show how the text inaugurates a critique that, even
though it is prior to the creation of the Institute of Philology of the Faculty of Philosophy and Letters of
the University of Buenos Aires, anticipates and largely models the authors subsequent positions. In the
second text, we analyze how, based on a controversial gesture towards the authorities of the Institute,
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Costa Álvarez deploys certain grammatical and linguistic knowledge, the characteristics of which we
assess here as a sample of non-academic linguistics of the period.
KEYWORDS: Arturo Costa Álvarez; unpublished texts; history of linguistics; Argentina.
1. Introducción
Es un hecho conocido que la creación en 1922 del Instituto de Filología de la Universidad
de Buenos Aires da inicio a un proceso de institucionalización de los estudios filológicos y
lingüísticos en la Argentina (Barrenechea y Lois 1989; Di Tullio 2003; Toscano y García
2009, 2013b). Si, siguiendo a Bourdieu (1976), ese proceso es representado como la
emergencia de un campo científico, puede afirmarse entonces que durante los primeros años
de actividad del Instituto asistimos a una lucha por el monopolio de la competencia científica
que encuentra en los filólogos españoles a cargo del Instituto a sus claros vencedores. Ese
triunfo, no obstante, no se produce de manera rápida ni lineal, como lo evidencian los
numerosos debates y disputas que se producen durante los primeros años de actividad de
ese centro (Degiovanni y Toscano y García 2010), y en especial los que un joven Amado
Alonso libra durante 1927, año en que es designado como director del Instituto, contra quien
es quizás el más importante especialista contemporáneo, Arturo Costa Álvarez. A través de
dos textos que publica en la revista porteña Síntesis, “La filología del señor Costa Álvarez
y la filología” (1929a) y “Sobre el difunto Costa Álvarez” (1929b), donde somete a Costa
Álvarez a una suerte de juicio público mediante el que trata de demostrar su ignorancia en
todas las materias filológicas y lingüísticas, Alonso busca responder “definitivamente” a las
críticas que Costa Álvarez había dirigido al Instituto a través de numerosos artículos y notas
periodísticas desde 1923 (Alfón 2011; Ennis en prensa, Toscano y García 2013a, 2016).
El Fondo Arturo Costa Álvarez, depositado en la Biblioteca Pública de la Universidad
Nacional de La Plata, ofrece una importante cantidad de materiales inéditos que permiten
ampliar y complejizar nuestra comprensión de esa actividad crítica y de rechazo que entre
1923 y 1929 Costa Álvarez libra contra el Instituto de Filología. En lo que sigue, presento
(en el “Apéndice”) y comento dos trabajos inéditos que integran este Fondo: “La filología
española o un cultivo que ‘se va en vicio’” (1922?), y “Las cosas machos y hembras” (1923).
En el primero, quiero mostrar cómo aparecen ya bien claros algunos de los ejes conceptuales
que organizarán la producción de Costa Álvarez a partir del libro Nuestra lengua (1922)
pero, también, cómo plantea una crítica que aunque es anterior a la creación del Instituto
anticipa en gran medida sus posiciones críticas posteriores. En el segundo trabajo, intentaré
observar cómo, también a partir de un gesto polémico con las autoridades del Instituto, Costa
Álvarez despliega un saber gramatical y lingüístico, y evaluar sus características en tanto
ejemplo de la lingüística no académica del período.
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2. La ciencia y sus vicios
“La filología española o un cultivo que ‘se va en vicio’” es un texto escrito posiblemente
en 1921, o 1922; en cualquier caso, no hay dudas de que se trata de un trabajo anterior a la
creación del Instituto. El trabajo se propone como un comentario crítico de la “Revista de la
Filología Española”;
1
resulta notable, para empezar, el cambio que Costa Álvarez introduce
en el título, que no parece constituir una errata sino un esfuerzo por destacar su concepción
de que ese es el órgano de los filólogos madrileños:
Vuelvo de una excursión al campo donde trabajan los filólogos del castellano. Cuatro o cinco
semanas he pasado leyendo las lucubraciones que registran los últimos tres años de la Revista
de la Filología Española, publicación madrileña que resume en sus páginas de información y
de crítica doctrinaria y sectarista, los esfuerzos más notables que realizan esos investigadores
[…].
2
Esa acusación, “doctrinaria y sectarista”, anticipa las críticas que, en los mismos
términos, Costa Álvarez dedicará a las tareas del Instituto a partir de la gestión de Castro en
1923.
3
Pero lo que importa aquí destacar es que en esta publicación Costa Álvarez inaugura
una discusión que va a estar en el centro de los debates que sucederán durante sus primeros
años de actividad. Este problema tiene que ver con una típica lucha de campo, y consiste en
la denominación y definición de la disciplina que se practica.
4
El punto de partida es la impugnación que Costa Álvarez hace de la designación “filología”
como referencia a un campo disciplinar: una impugnación que, negativamente, deja ver su
entendimiento de cómo se organizan en términos epistemológicos los estudios lingüísticos
contemporáneos. Así, sostiene que a pesar de la denominación “filología” que da nombre
a la revista, los españoles no son en verdad filólogos porque “no estudian los caracteres y
las costumbres de la antigüedad, a la luz de sus monumentos artísticos y literarios”; son en
rigor “gramatistas”, estudiosos de “la letra misma, como elemento indivisible del sonido
articulado”. Costa Álvarez invoca el uso extendido y común en respaldo de su interpretación:
el sentido que le dan los españoles “choca con el significado que ese término tiene en todas
las lenguas, el castellano inclusive antes de ahora; como lo favorecía cierto prestigio antiguo,
ha sido adoptado para denotar algo que, propiamente hablando, ha debido llamarse de otro
modo”.
Pero si por un lado los españoles se alejan de lo que para Costa Álvarez es una
epistemología moderna, a la vez tampoco actúan como gramáticos, es decir, no “estudian la
lengua misma a los efectos de enseñar su mejor manejo”. Vemos en este punto planteada la
defensa de un modelo disciplinar, en oposición al menendezpidaliano, sincrónico, descriptivo
y orientado hacia una pedagogía de la lengua. Es, en otros términos, el modelo que Ricardo
Rojas diseña cuando imagina ese futuro Instituto de Filología, y esa tensión entre diacronía y
sincronía, entre una pregunta por el origen y una voluntad de intervenir en la dinámica social
mediante una pedagogía y una normalización lingüística está también en el centro de los
conflictos y reformulaciones que sufrirá el Instituto durante sus primeros años.
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En otro trabajo (Toscano y García 2009) he intentado mostrar que esa tensión entre dos
modelos se encarna en un hecho histórico muy puntual: el Instituto creado por Rojas lleva
originalmente el nombre de “Instituto de Lingüística”, pero la decisión de nombrar a Menéndez
Pidal como director honorario supone en la práctica la adopción de una denominación que,
más ajustada a su modelo disciplinar, reemplaza en la práctica a la original: así, el Instituto
inaugurado en 1923 será nombrado en todos los ámbitos como “Instituto de Filología”,
nombre que adoptará legalmente recién a fines de la década del treinta.
En este texto, Costa Álvarez rechaza la utilización de esa denominación, “lingüística”,
para referirse al modelo menendezpidaliano. Lo hace a partir del comentario a una publicación
reciente del español, los Documentos lingüísticos de España (1919). La crítica de Costa
Álvarez tiene lugar en dos tiempos: primero impugna el uso adjetival del término, es decir, el
sentido de “documentos lingüísticos” como “documentos de la lengua”. Dice: “Lingüístico
o idiomático será el trabajo científico a que puede estar destinada esa compilación; pero los
escritos que la forman no son lingüísticos, porque no fueron hechos por lingüistas ni para
lingüistas”. Para él, “lingüístico” es siempre referencia a un campo disciplinar, y ese (otra
vez la estrategia de apelar al sentido común) es el sentido que el consenso de la comunidad
científica ha definido:
Menéndez Pidal, sumo sacerdote de este culto a la lengua muerta, acaba de perpetrar otro
atentado semántico, que lleva un punto más lejos el anterior. A una compilación que está
haciendo de reliquias escritas del castellano preclásico, ha puesto por título “Documentos
lingüísticos de España”. Lingüístico es un término que ha tenido siempre un significado
colectivo: se refiere al lenguaje en general y a ninguna lengua en particular. Helo ahora con
significado individual, estropeando la necesaria unidad del vocabulario científico en todos
los idiomas.
Es posible reconocer como soporte de estas críticas que Costa Álvarez funda en el
moderno uso común la perspectiva de Ferdinand de Saussure. Sabemos, por una parte, que
Costa Álvarez conoció la obra de de Saussure porque en ese mismo Fondo Costa Álvarez
se conserva una segunda edición del Curso (1922), repleta de comentarios en sus márgenes.
Pero el propio artículo ofrece más evidencia de ese trasfondo: allí Costa Álvarez opone el
modelo de una disciplina que llama “Lingüística” al modelo español, y sostiene que sus
desarrollos se encuentran en otras lenguas (como el francés):
Y la manera de prepararse para esto [para una filología americana] no es imitar la acción
de los filólogos españoles, sino estudiar el método de investigación de la Lingüística […].
Y nada de esto se concentra en ninguna de las gramáticas históricas […] que han publicado
hasta hoy, como texto de enseñanza, los filólogos españoles. A Dios gracias, están en las otras
lenguas los textos convenientes.
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La demostración que sigue apela a un recurso humorístico, un procedimiento frecuente
en Costa Álvarez.
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Presenta una suerte de entrevista a un filólogo español, cuyo fin evidente
es ridiculizarlo:
–Señor filólogo español ¿se deleita usted en saborear la dulce miel que destila la abeja?
–Las ideas que la lengua expresa no me interesan, quede eso para los filósofos
literatos y
retóricos.
–¿Se recrea Vd., entonces, siguiendo con los ojos las idas y venidas, las succiones y
elaboraciones del industrioso insecto?
–La función de la lengua no me interesa; quede eso para los gramáticos y lexicógrafos.
–¿Qué le interesa a Vd. entonces, señor filólogo español?
–A mí me interesa la anatomía del insecto, su estructura. Pero no la del tipo normal; el estado
fósil, la imperfección embrionaria y la deformación patológica son mi único encanto.
Lo que Costa Álvarez critica a los filólogos españoles es su obsesión insana con los
restos del pasado, “los detritus orgánicos del lenguaje” dice más adelante en este trabajo, y es
posible pensar esa referencia en relación con los también detritus de los que, según Borges en
su reseña de 1941 al libro de Castro, se ocupa el Instituto de Filología porteño. Para Borges,
sin embargo, el detritus está en el presente: los filólogos revuelven en la basura del lenguaje;
Costa Álvarez los acusa mucho antes de ocuparse de los cadáveres que la lengua deja.
Esa obsesión por la reliquia tiene, continúa Costa Álvarez, su paroxismo en la más
peligrosa especie filológica, la de los “filólogos de la especie dialectal”. En clara referencia
a los trabajos realizados sobre los dialectos peninsulares del español, Costa Álvarez sostiene
que el interés por la lengua vulgar que muestran estos filólogos actúa como una influencia
negativa para el progreso cultural:
Estos filólogos de la especie dialectal […] [s]uponen que, si la prédica gramatical consiguiese
elevar la cultura del pueblo bajo, refinar la pronunciación, normalizar las flexiones, enderezar
la construcción, la lengua vulgar desaparecería, y la filología dialectal perdería su precioso
campo actual de observaciones. La especulación científica en tal campo, basada justamente
en la caza a la anomalía, habría perdido su razón de ser. De modo que está en el interés
del filólogo español que la incultura del lenguaje se mantenga… en todos los órdenes de
la actividad humana hay gente que vive de lo irregular. Por suerte, la cordura general se
sobrepone al interés de los sabios de esta especie, y la acción de ellos no estorba el progreso
normal de la lengua culta.
De este modo, para Costa Álvarez la filología española no solo inhibe el desarrollo de
la verdadera y necesaria ciencia: todavía más, contribuye a la “incultura del lenguaje”. Si
la afirmación resulta en un punto temeraria, es posible retener sin embargo esa oposición
que, una vez más, Costa Álvarez establece en este texto entre la voluntad arqueológica y
la preocupación por el uso, es decir, entre una filología orientada hacia la investigación
diacrónica y una centrada en la sincronía. Como hemos señalado, todos los textos que publica
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desde 1923 muestran que Costa Álvarez se consagra a la defensa de este último modelo a la
vez que a la impugnación del diacrónico.
La sección final de su texto la dedica Costa Álvarez a establecer un último eje
argumentativo: en contra del modelo de saber neutral que defienden Castro y (aquí también)
Rojas cuando inauguran en 1923 el Instituto de Filología, Costa Álvarez, como también
otros lingüistas y filólogos que actuarán durante los años siguientes desde lo que será ya la
periferia del campo científico (tal es el caso de Vicente Rossi), va a insistir en mostrar la
dimensión ideológica de la investigación lingüística, y a denunciar con una claridad inédita
durante el período lo que percibe como una suerte de colonialismo científico.
Y esto lo hace, también aquí, en dos tiempos. En primer lugar, busca mostrar que esa
atención española a los restos del pasado es una suerte de respuesta compensatoria a las
miserias del presente:
Que la española gente aplique su actividad intelectual a tal empresa, es algo que a nosotros no
nos toca deplorar; no tenemos nosotros la culpa de que España se haya connaturalizado con
la lepra del analfabetismo, y mientras con una mano se la rasca, con la otra trata de olvidarla
removiendo las cenizas del pasado para despertar los recuerdos de sus perdidas glorias.
Pero el argumento más contundente lo desarrolla Costa Álvarez a continuación; allí
sostiene que la defensa de un cierto modelo disciplinar puede actuar, como actúa de hecho en
este caso, como soporte científico de una práctica imperialista:
Que los angloamericanos concurran con gran [¿dispendio?] editorial a esta obra de
resurrección, eso es algo que tampoco nos duele; nada tenemos nosotros que ver con el espíritu
utilitarista de los yanquis, que el siglo pasado no vacilaron en estimular el estudio de las
lenguas autóctonas de su territorio para demostrar con argumentos científicos la imposibilidad
de la unidad primitiva de las lenguas, y por tanto de las razas (sic, aunque parezca mentira), a
fin de justificar así el régimen de la pura esclavitud y la política del exterminio para el indio.
Dado este antecedente sería tonto no ver en su estudio actual del castellano un fin no menos
práctico muy evidente ya por las mutilaciones que ha sufrido Méjico, y por las exacciones que
ha soportado Cuba y que Puerto Rico y la República Dominicana están aguantando.
Esta perspectiva, que busca dar cuenta de la dimensión política de la práctica científica,
no solo se opone, como hemos dicho, al modelo que defienden Rojas y los filólogos españoles
al frente del Instituto desde 1923, un modelo que concibe a la ciencia como una práctica
ideológicamente neutral y que encontraría en su carácter internacional una confirmación
decisiva de su carácter no situado, sino que lo acerca al tipo de impugnación que propugna
ese conjunto de figuras desplazadas del campo, entre las que se encuentran Rossi pero
también Delfina Molina y Vedia de Bastianini y hasta Jorge Luis Borges, quien en un texto
clásico había declarado: “Divisa por divisa, me quedo con la de mi país y prefiero un abierto
montonero de la filología como Vicente Rossi a un virrey clandestino como lo fue D. Ricardo
Monner Sans” ([1928] 1997: 373).
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3. Motivaciones genéricas
“Las cosas machos y hembras”, el segundo de los textos inéditos que aquí presentamos,
fue escrito en 1923: la datación en este caso es más precisa porque el texto indica hacia el
final “La Plata, octubre 2 de 1923”. La fecha coincide con las clases que Américo Castro dicta
en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, cargo que ejerce en simultáneo
a su actividad como director del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires
durante 1923.
6
El artículo comienza recogiendo un comentario crítico que Castro habría realizado en
relación con las ideas gramaticales de Costa Álvarez, y en particular con su convicción de
que la gramática está al menos parcialmente motivada. Si la polémica es para Costa Álvarez
el motor de la argumentación lingüística, lo particular en este caso es que, de ser cierta
la referencia, la discusión habría sido inaugurada por Castro, quien sin embargo nunca
responde públicamente a los ataques que Costa Álvarez realiza a su gestión. Castro, según
Costa Álvarez, habría puesto en duda la motivación de la categoría gramatical de género,
y ejemplificado con los sustantivos “brazo” y “mano”, cuyo género gramatical no parece
obedecer a ninguna clase de motivación:
Sólo anoche supe que mi distinguido amigo Américo Castro, en el curso de una de sus
recientes conferencias filológicas en nuestra Facultad de Humanidades, tuvo ocasión de aludir
a mi teoría de que en el uso de los elementos del lenguaje hay una lógica que conviene
descubrir a fin de fundar en ella la Gramática; y dijo que no creía posible tal empresa porque,
con respecto a los accidentes gramaticales por ejemplo, no veía qué lógica, qué razón natural,
podía haber dado a brazo el género masculino y a mano el femenino.
Para responder a ese comentario crítico, Costa Álvarez da inicio a un largo ejercicio de
burla, en el que imita lo que para él sería una variedad ultracastellana, un recurso que también
aparece en el primero de los textos que presentamos; invoca luego en su apoyo la posición
de Miguel de Toro y Gómez, para quien estarían motivadas en razones climatológicas las
diferencias fonológicas o fonéticas que se observan entre lenguas; y, finalmente, desarrolla
una singular teoría para defender la tesis de la motivación sexual de la categoría gramatical
de género. Para ello, se sitúa en primer lugar en un momento que podríamos denominar
prelingüístico, en el que el ser humano habría comenzado a intervenir sobre la materia en
función de una lógica sexuada, esta es “el símbolo de la creación que representan la verga
y la vulva en el reino animal, el androceo y el gineceo en el vegetal”, y que en virtud de ese
esquema verga-vulva habría creado pares de objetos que lo reproducían analógicamente,
tales como “el clavo y la argolla”, “el paraguas y la funda”, etc.:
Cuando empezó a fabricar sus adminículos, el hombre copió las formas de la naturaleza, y
no tuvo al efecto ni escrúpulos de monja ni mojigaterías de beata: en la mayor parte de esos
objetos llegó a reproducir, no a la naturaleza en su acepción general, sino a la naturaleza en la
décima acepción del diccionario académico. Inventó lo saliente y lo entrante, esto es, el clavo
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y la argolla, el punzón y la criba arandela, el cuchillo y la vaina, el paraguas y la funda, el
cigarro y la boquilla, y un sinnúmero de objetos de ambos órdenes, multiplicando al infinito
el ingenioso mecanismo providencial, la estupenda síntesis integral, el símbolo de la Creación
que representan la verga y la vulva en el reino animal, el androceo y el gineceo en el vegetal,
esto es en ambos reinos, el animal y el vegetal, son el eje y el buje sobre el cual gira la rueda
de la vida orgánica terrena.
El proceso se mantiene con otra creación humana, la del lenguaje; allí el ser humano
habría aplicado, por extensión, el mismo criterio analógico, de modo tal de replicar en el
universo lingüístico el mismo criterio que antes había establecido para las cosas: “Muy
natural fue luego que el hombre, en su vanidad ínsita y perpetua, aprovechara el lenguaje
para dar realce a sus viles remedos analógicos, y por eso vemos que agregó al sexo formal de
las cosas el sexo gramatical corroborante”.
De acuerdo con la explicación de Costa Álvarez, cada nueva invención humana supondría
una determinación del tipo de propiedades o rasgos que a esa invención pueden atribuirse,
para proceder después a asignarle al nombre el género correspondiente. Las representaciones
en que se funda esa determinación, advierte Costa Álvarez en un razonamiento que no
puede presumirse irónico, son socialmente variables, y así lo explica en relación con la
determinación del género gramatical de la palabra puente:
Cuando [los españoles] construyeron el primer puente, y hubo que decidir qué género
gramatical se le daba, la decisión fue unánime. Visto que esa construcción era de naturaleza
súcuba, destinada como estaba a que los hombres pasasen por encima de ella, o se recreasen
encima de ella, puente tenía que ser del género femenino. Con el andar del tiempo se vio que
en esta asimilación se había obrado con ligereza, porque la función pasiva no era privilegio
exclusivo de la mujer, aparte de que muchas de ellas rechazaban decididamente tal función;
y por tanto se resolvió que, de acuerdo con la realidad, puente debía ser indistintamente
masculino o femenino. Hasta que triunfó la causa de la emancipación de la mujer; entonces
se vio que era impropio que puente siguiera siendo femenino, y se resolvió que en adelante su
género sería siempre el masculino.
Notablemente, Costa Álvarez extiende el razonamiento y sostiene también a continuación
que la lógica de los sexos se vincula también con los diferentes usos que hombres y mujeres
hacen del lenguaje y que se vinculan con todos los niveles lingüísticos (fonología, analogía,
léxico y sintaxis); así, declara, con relación a la mujer:
[…] la mujer es, en cuanto a fonología, más locuaz que el hombre y más clara en su
dicción, como que tiene la lengua más suelta y las cuerdas vocales más afinadas; en cuanto
a morfología, es resueltamente contraria a las derivaciones y composiciones doctas
realiza
todas sus combinaciones por analogía, y cuando no puede fundarlas en la semejanza, las
funda en la diferencia; en cuanto a lexicología, la mujer ofrece la particularidad de tener dos
vocabularios, el público y el privado, el social y el doméstico, y este último, que sólo aplica al
marido, a las hijas y nunca a las criadas, es de tan vigorosa naturaleza que tumba de espaldas
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al extraño que por accidente llega a oírlo; en cuanto a sintaxis, muestra invencible repugnancia
a la inversión, y prefiere el orden directo, aunque reconoce que el otro tiene su gran
ventaja.
Como decíamos, si bien el tono humorístico y burlón informa estos textos de Costa
Álvarez, no parece sin embargo que la argumentación pueda ser interpretada como una ironía.
De hecho, hacia el final de su trabajo, y después de haber ofrecido sus principales argumentos,
Costa Álvarez aborda la pregunta de si, finalmente, puede sostenerse que hay una lógica
que rige las categorías gramaticales. Y, moderando el alcance de su planteo, sostiene que
“Como todavía no soy filólogo andaluz [se refiere a Americo Castro], no me atrevo a hacer
afirmaciones rotundas al respecto. No digo que sí ni que no; digo solamente que la cuestión
invita a serias meditaciones, y debería ser objeto de profundas investigaciones”.
Esta restricción contrasta, sin embargo, con el párrafo tachado con el que Costa Álvarez
daba n a la primera versión de su escrito; allí vuelve sobre la crítica de Castro, referida a la
imposibilidad de encontrar una motivación al género gramatical de los sustantivos brazo y
mano, y ofrece una nueva y delirante evidencia:
Mi distinguido amigo dice que no ve la lógica en el género de brazo y mano. Lo invito a que,
encerrándose donde no lo vean, extienda el brazo derecho en posición horizontal, con la faz
palmar hacia arriba, y se dé con la mano del otro una fuerte palmada en el bíceps; advertirá
que, como si obrara un resorte, el brazo se dobla repentinamente sobre el antebrazo, se yergue
rígido en demanda de algo. En esto está tal vez la lógica de que brazo sea masculino. Luego,
si tiende su mano con la palma a un lado, y hace que el pulgar se estire hasta que su yema
toque la del índice, advertirá que entre ambos dedos se forma una abertura flexible, también
en demanda de algo. En esto está tal vez la lógica de que mano sea femenino.
4. Conclusiones
“La filología española o un cultivo que ‘se va en vicio’” (1922?) establece, como hemos
mostrado, una mirada moderna respecto de ese campo científico que para los estudios
lingüísticos surge en la Argentina a comienzos de la década del veinte del siglo pasado. Así,
en ese texto inédito Costa Álvarez polemiza con el modelo filológico menendezpidaliano,
que en el plano local encarnará poco más tarde Américo Castro, poniendo en el centro de
la discusión lo que percibe con claridad como una dimensión ideológica de las disciplinas
científicas y de las que tienen por objeto al lenguaje en particular. Al señalar lo que percibe
como un carácter hegemónico y colonialista de la ciencia española, Costa Álvarez no
solo busca impugnar una representación políticamente neutral y desterritorializada de la
ciencia tal como la que defenderán Rojas y Castro al inaugurar el Instituto de Filología en
1923 (Toscano y García 2009), sino defender la necesidad de avanzar en un programa de
investigación lingüística que atienda a las especificidades de la realidad argentina. En este
sentido, como lo hará sistemáticamente en sus textos hasta 1929, en este texto iniciático
Costa Álvarez diseña, defiende y opone al español un programa sincrónico, centrado en el
estudio de las variedades locales y fuertemente orientado al diseño de intervenciones en el
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ámbito escolar; esto es, un programa próximo al que había establecido Rojas hasta 1922.